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Buena parte de la atracción que despertó Abercrombie en su llegada a Madrid fue por sus espectaculares dependientes. En su primer día en la capital, todos ellos posaron delante de la fachada principal de la tienda, con su particular uniforme: pantalón vaquero y camisa totalmente abierta para lucir un torso trabajado a golpe de gimnasio. Sin embargo, esta política ha llegado a su fin.

La empresa ha decidido romper con la estrategia marcada hasta el momento, en la que sus empleados debían ser poco menos que atractivos adonis, acompañados de una luz tenue y altos decibelios para sus altavoces.

Sin embargo, la salida de su anterior consejero delegado y la llegada de una nueva dirección ha propiciado un cambio de rumbo que no pasará desapercibido para sus clientes. Ahora, en los procesos de selección, no se premiará el físico por encima de otras cualidades que pueden presentar personas con experiencia en el sector. Además, lo harán completamente vestidos y sin lucir 'tableta de chocolate'.

De esta forma, la firma de ropa para hombre y mujer rompe con la imagen que le llevó a convertirse en una de las marcas más elitistas del mercado. Precisamente esa apariencia le dio numerosos beneficios, pero también grandes críticas que han repercutido en los últimos años en su hoja de resultados.