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Cuando tomamos la firme decisión de cortarnos el pelo sabemos que nos exponemos a una serie de riesgos que se nos escapan de nuestras manos y que dependen de nuestra peluquera. El primer momento terrible es cuando estás sentado en lavabo, donde la peluquera nunca te dirá que la toalla que emplea para secar tu pelo recién lavado seguramente ya ha pasado por la cabeza de muchos otros clientes que creían lo mismo que tú. 

Tu peluquera tampoco te dirá nunca, pero cuando digo nunca es nunca, que en tu cabeza ha encontrado piojos. No será capaz de encontrar las palabras adecuadas para explicarte que en tu cabeza habitan una serie de bichitos que desearía no ver nunca, y no será por falta de ganas de mandarte a tu casa para que vuelvas cuando estos hayan desaparecido. Se tendrá que limitar a emplear una especie de insecticidas para parar la vida de los piojos, por lo menos mientras realiza su trabajo. Y nada que añadir con respecto a la caspa, algo igual de desagradable pero con lo que están más acostumbradas a lidiar. 

Cuando llega el inquietante momento de empezar a cortar, solo disponemos de treinta segundos para explicarles cuál es la medida justa que queremos que nos corte, pero nuestra peluquera se dedicará a asentir y a afirmar, creyendo nosotros que lo ha entendido todo. Pero será ella la que tenga libre decisión, no importa lo que le hayas dicho, que acabará cortando por dónde quiera. Solo tendremos que recurrir al “cortar las puntas” para saber que al final la peluquera nunca jamás entenderá lo que son las puntas, o sí lo entiende, pero nunca te lo dirá. 

Quizás, tu peluquera tampoco te dirá que no ha sido capaz de cortarte solo las puntas porque sus tijeras están mal afiladas o no son las más apropiadas para el corte de pelo que quieres. Nada de asumir responsabilidades y de cambiarlas, pues seguramente esas tijeras volverán a pasar por la cabeza de muchos clientes deseosos de conseguir el resultado que les piden. 

Además, no solo las tijeras, sino otros utensilios como los cepillos o pinzas no son desinfectados y esterilizados en la mayoría de los casos, por lo que si algún cliente tenía entre sus cabellos los dichosos piojos pasarán a formar parte de ti también. Y no es que esto no te lo quiera decir tu peluquera, pero cambiar los cepillos y pinzas cada dos por tres sería todo un reto. 

Pero es que son muchos los secretos que quieren, seguro que involuntariamente, guardarnos las peluqueras. Otro ejemplo, cuando tienen que utilizar el secador o la plancha, además de secarlo y plancharlo acaban chamuscando nuestra cabeza y orejas. Y nada de preguntar si te está haciendo daño, todo directo y al grano para acabar cuanto antes. 

En realidad son muchas las situaciones por las que tiene que pasar una peluquera, y lo que no te quiere contar no es porque no quiera o tenga gana, sino porque también somos nosotros, los clientes, los que tenemos que poner de nuestra parte, porque si ellas no nos lo dicen, lo tendremos que decir nosotros. 

Queridas peluqueras, sabemos que en el fondo dais lo mejor de vosotras, pero por favor, empezad a compartir con nosotros vuestros temidos secretos.