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Si la vida es un viaje, la de Fabián C. Barrio lo es de manera literal. Al menos desde que en 2010 decidiera colgar los hábitos de empresario de éxito en España para dedicarse a dar la vuelta al mundo en su querida moto, Fefa. Tras haber dado haber viajado por medio mundo y recorrer el año pasado India y Nepal para denunciar el trabajo esclavo de los niños en los circos, Fabián se encuentra ahora en Bolivia, aquejado de mal de altura e inmerso su última aventura: una ruta de seis meses entre Buenos Aires y Los Ángeles.

El objetivo del viaje, bautizado como Ruta Maniumbí y patrocinado por la Fundación Mutua Madrileña, es vivirlo, por supuesto. Pero también apoyar a dos ONGs (CESAL y Energía Sin Fronteras) para que compren motos para las comunidades locales. “En los países emergentes, las motos son una pieza fundamental del engranaje. Las motos transportan personas -he visto a familias enteras yendo de acá para allá-, pueden cubrir distancias considerables, y son baratas de mantener. Ayudan como ningún otro vehículo a prosperar“, nos explica desde Bolivia, mientras descansa y trata de recuperarse. “El mal de altura es uno de los peores inventos de la historia. Te aturde, te provoca un terrible dolor de cabeza y una fatiga incesante y roedora. No se lo deseo a nadie”.

También su moto, Fefa, está sufriendo mal de altura: “Se resiente muchísimo a partir de los tres mil metros y le cuesta subir cuestas”. Pero, a pesar de sentirse “como un perrillo apaleado”, Fabián C. Barrio se muestra cautivado por Latinoamérica. “Hay una actividad constante, febril, la gente sale a la carretera a buscarse la vida, son como una caldera en plena ebullición, un ejército de hormigas febriles buscándose la vida”, cuenta. Pero también, como no, lamenta su lado oscuro: “Las necesidades mínimas están cubiertas en gran parte del territorio, pero hace falta una cierta cura para el alma. Hace falta que en Latinoamérica todos los niños empiecen a ser niños por derecho propio”.

UNA DISCIPLINA FÉRREA

Para poder cumplir los objetivos de la ruta y al mismo tiempo mantenerse tanto él como su moto con buena salud, tiene que seguir una disciplina férrea. Le preguntamos cómo se organiza:

“Mis números áureos de un viaje en moto larguísimo: Haz etapas diarias de 300 kilómetros como máximo. Mantén una velocidad media de 70 km/h. Descansa cada 70 kilómetros y cada cinco días de ruta. Duerme ocho horas al día y sal de la habitación justo en el minuto en que no te queda más remedio que hacer el checkout. Asegúrate de que sólo te quedan 200 kilómetros después de comer”.

Y así un día, y otro día, y otro. Puede parecer cansado, pero los moteros son viajeros entregados que, a pesar de la fatiga, siempre siguen adelante. “El viento, la lluvia, el barro, los olores, el calor, todo está ahí. Y la gente se aproxima más a ti que si te ve llegar en un coche o en un autobús”.

Por cierto que en esta ocasión el destino de Fabián C. Barrio está al albur de lo que decidan otros moteros, aventureros y amantes de los viajes que quieran seguir su historia y participar en ella: a través de la aplicación Appgree pueden determinar la ruta exacta o ponerle retos. “No me ponen las cosas nada fáciles…”, confiesa. ¿Qué le han hecho? Pues, por ejemplo diseñarle la caja de herramientas con la que tendrá que apañarse todo el viaje.

LA MAGIA DEL CINE

Además de repartir motos, entre los objetivos del proyecto hay una parte más lúdica: llevar el cine a comunidades que nunca han disfrutado de esta experiencia. Confiesa Barrio que al principio le ha resultado un poco difícil. A veces resulta difícil entenderse con los locales, las diferencias culturales pesan y las escuelas rurales se encontraban cerradas por carnaval. Pero en Bolivia por fina ha podido montar su pequeño cine itinerante: “Era increíble. El cine no es simplemente ver una película, es una liturgia colectiva, y ahí es donde se da la magia de verdad”.

Fabián va dando cumplida cuenta de todas las anécdotas de su viaje en sus redes sociales en la web del proyecto. Y aunque admite que después de sus experiencias en India y de haber dado la vuelta al mundo en 2010 y 2012 ya no vive las novedades igual, sí que se siente concernido por las realidades que se va encontrando a su paso. “Cuando viajas tanto es inevitable sentir una profunda solidaridad por todas esas gentes del camino que no tienen literalmente nada”. Por eso quiere transmitir también su experiencia. Para concienciar. “Sólo pido a la gente que vea lo que yo veo y después decida dónde ir de vacaciones el próximo año”.