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Todo empezó con un fuerte dolor de cabeza y fiebre. Más tarde, empecé a vomitar y me dio diarrea. Mi padre se enfermó y mi madre también. Mi sobrina, mi prometido y mi hermana habían caído enfermos. Todos nos sentíamos impotentes”, cuenta Salomé Karwah, una de las supervivientes al Ébola. 

Su tío fue el primero que se contagió del virus. Lo contrajo de una mujer a la que había ayudado a ir al hospital. “Se enfermó y llamó a nuestro padre para que lo ayudara y mi padre lo llevó al hospital para que lo atendieran”, explica Salomé. A los pocos días de su vuelta, su padre también cayó enfermo. “Como todos los cuidamos también nos infectamos”, añadió la joven. 

El 21 de agosto, la familia y la propia Salomé Karwah se dirigieron al centro de tratamiento MSF en Monrovia. Cuando llegaron a la unidad de tratamiento, las enfermeras instalaron a Salomé junto a su madre en la misma tienda. Su prometido, su hermana, su padre y su sobrina fueron colocados en distintas tiendas. La hermana, que estaba embarazada, sufrió un aborto espontáneo

Les tomaron muestras de sangre y, tras los análisis de laboratorio, le confirmaron que tenía Ébola. “Pensé que era el fin del mundo, tenía miedo porque había oído decir a la gente que si tienes ébola, te mueres”, reconoce Salomé. El resultado de los análisis del resto de sus familiares también confirmaron que tenían el virus.

La joven cuenta los duros momentos que ella y sus familiares atravesaron en las tiendas. “Vomitaba constantemente y me sentía muy débil. Sentía fuertes dolores. La sensación era abrumadora. El Ébola es como una enfermedad de otro planeta. Causa tanto dolor, tan intenso, que puedes sentirlo en los huesos. Nunca había sentido un dolor como ése en toda mi vida”. Finalmente, sus padres no pudieron superar la enfermedad. 

Salomé Karwah, ahora consejera de salud mental, ha regresado al centro de tratamiento, donde ayuda a la gente que está sufriendo por el virus. “Cuando estoy de turno, aconsejo a mis pacientes, hablo con ellos y les animo. Si uno de ellos no quiere comer, le aliento para que lo haga. Si están débiles y no pueden bañarse solos, les ayudo. Lo hago con toda mi fuerza porque entiendo su experiencia, he pasado por lo mismo”, explica entusiasmada la joven.

No menos impactante es el caso de Zayzay Mulbah, un superviviente de Ébola que trabaja actualmente en el equipo de apoyo psicosocial de MSF en el Centro de Tratamiento de Ébola de la organización en Monrovia, en Liberia.

Ya ha pasado un mes y medio desde que Zayzay se recuperara de la enfermedad. Todavía desconoce las causas de cómo contrajo el virus. Confiesa que se planteará interrogantes durante el resto de su vida: “No sé si lo adquirí de un familiar, de algún amigo cercano o al tocar algo contaminado por una persona infectada”.

Fueron unos análisis en la Unidad de Tratamiento de Ébola ELWA-3 de Médicos Sin Fronteras -MSF- los que confirmaron que los resultados eran positivos. “No podía creerlo, lloré muchísimo”, reconoce el joven.Al principio del brote, no creía que el Ébola fuera real, dudaba de su existencia. Pero aquí estoy, sentado en un centro de aislamiento y confirmado que tengo el virus de Ébola. Antes de enfermar, mis amigos y yo salíamos a divertirnos en distintos lugares de nuestra comunidad, tomábamos cerveza negra y decíamos, en broma, que era la medicina contra el Ébola”, explica Zayzay. No fue mucho después cuando empezó a sentirse mal, “parecían los síntomas de la malaria”.

Posteriormente, empezó a vomitar y a tener diarrea. 

En su casa tomaron todo tipo de precauciones y resultó ser el único infectado por el virus.

Su enfermedad empeoraba día a día y el 23 de agosto decidió acudir al centro de tratamiento en ELWA3. Tras recibir atención médica durante nueve días, se recuperó y recibió el alta para volver a casa.

Estos dos supervivientes no son los únicos. Hay más. De hecho,  la doctora Ángela Martínez del departamento de Investigación de Medicina Tropical, ha explicado a Que.es que el porcentaje de muertes en personas de edad adulta es mucho más reducido de lo que se piensa. “El mayor peligro está en niños y ancianos, cuyo sistema inmunológico es más débil que el de una persona de mediana de edad que no esté enferma”, dice Martínez.

Ahora, tanto Salomé como Zayzay han decidido compartir su historia para inspirar y contar que tener Ébola no es una sentencia de muerte. “La gente afectada por la enfermedad tiene la oportunidad de sobrevivir si acude en busca de atención a un centro de tratamiento”, comparte Zayzay, que actualmente ayuda a luchar contra esta epidemia.