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FICHA DEL FESTEJO.- Toros de Alcurrucén, de desiguales hechuras, volumen y carnes, aunque todos de mucha seriedad, especialmente por sus muy armadas y astifinas cabezas. En conjunto, corrida reservona y de escasa entrega, de tapado genio y complicaciones.

Enrique Ponce: estocada caída y tendida, y cuatro descabellos (ovación tras aviso); y media ladeada y siete descabellos (gran ovación tras aviso).

Miguel Ángel Perera: estocada trasera y desprendida (ovación tras leve petición); estocada delantera y desprendida (ovación); y pinchazo y estocada (gran ovación).

Saúl Jiménez Fortes: herido por su primero, al que mató Ponce de pinchazo y estocada (ovación que saludó la cuadrilla).

Fortes fue intervenido en la enfermería de una cornada, con pronóstico reservado, en la cara interna del tercio superior del muslo izquierdo, con dos trayectorias que desgarran el músculo recto interno: una penetró en profundidad de 12 centímetros, disecando la cara posterior del fémur; la otra, de trayectoria superficial y subcutánea, ascendió hasta la región del pliegue inguino-escrotal.

Ninguna afectó estructuras vasculares o nerviosas de entidad.

Entre las cuadrillas destacó Joselito Gutiérrez, que se la jugó en un gran par de banderillas al cuarto.

La plaza tuvo media entrada.

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UNA TERNA COMPROMETIDA

Cuando los toreros se comprometen tan de verdad con su oficio como lo hizo la terna, se viven tardes de tan intensa emoción como la de hoy en la plaza de toros de Bilbao.

Ese compromiso consiste, simple y llanamente, en entregarse al toreo sin excusas ni alivios, aunque delante se tengan toros reservones y con las complicaciones que desarrollaron los que, con el hierro de Alcurrucén, fueron saliendo por los chiqueros de Vista Alegre.

Pero el resultado de tanta entrega tiene también una doble vertiente, la del triunfo y la de la sangre, que en este caso la derramó el joven Saúl Jiménez Fortes, al que el tercer toro infirió una cornada muy extensa, sin grandes destrozos vasculares pero que causó una profunda impresión en el tendido.

Después de someter con una férrea firmeza las defensivas y cortas embestidas del animal, justo ya en las postrimerías de la faena, el diestro malagueño se despistó recomponiendo su muleta a la salida de un pase de pecho, momento que el astado aprovechó para venírsele encima con saña y colgarle del garfio de su pitón derecho durante varios segundos angustiosos.

La sensación de extrema gravedad del percance que se extendió por la plaza cuando llevaban al torero a la enfermería se fue disipando a medida que los médicos informaron de su verdadera trascendencia, puesto que el cuerno no rompió vasos importantes del ensartado muslo izquierdo.

Esa fue la parte más negativa de una tarde en la que ese compromiso de los toreros ofreció momentos de gran autenticidad, instantes de profunda emoción a lo largo de varias faenas de mucha densidad y ante toros de muy escasas facilidades.

El compromiso de Enrique Ponce vino de su ya reconocida maestría, por la ciencia y la estética con que construyó dos redondas faenas a toros a los que apenas se les vislumbraban opciones. Con una técnica de amplio espectro, el valenciano potenció primero las escasas virtudes de su lote hasta poder luego recrearse en la versión más artística de su toreo.

La variedad, el gusto, el poso y el reposo de su tauromaquia brillaron tanto con uno como con otro toro, y en especial en dos grandes series de naturales al quinto, pues no en vano es la zurda la mano más pura de este torero. Sólo sus fallos con la espada y el descabello le negaron a Ponce otro triunfo rotundo en Bilbao, una de sus plazas talismán.

Por el percance de Fortes, Miguel Ángel Perera tuvo que estoquear tres toros, a cual más complicado, pero ante los que se impuso con una apabullante seguridad.

Ese triple lote tuvo un genio y un peligroso sentido siempre escondido para el público, sobre todo porque el extremeño apenas les dejó desarrollarlo.

Pero los tres acabaron no sólo rendidos ante el aplomo y el valor sin fisuras de Perera, sino, aun a regañadientes, hasta embistiendo con cierta claridad en varios muletazos de larguísimo trazo y auténtica hondura.

Esos muletazos, y la manera en que acabó las tres lidias alardeando entre los pitones, fueron la muestra inequívoca de que la autoridad de Perera se había impuesto a todas las adversidades.

Por Paco Aguado