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Las leyendas engrandecen a unos, humillan a otros y en más de una ocasión condenan al ostracismo a protagonistas indispensables de la hazaña que relatan. No son pocos los que al evocar, por ejemplo, el pulso de acero y la puntería de Guillermo Tell olvidan que quién paseaba a su lado por el empedrado de la plaza Altdorf no era otro que su hijo. El menor fue quien acabó sujetando la manzana sobre s…