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Me volvía loca ponerme los zapatos de mi madre, mejor dicho sumergirme en los preciosos zapatos de tacón de aguja de mi madre. Era como dejarse caer por el árbol de «Alicia en el país de las Maravillas». Enseguida aparecían colores, imágenes, perfumes, sonidos y todo lo que a una niña de 10 años le sugiere con su inocente mirada el mundo de los adultos. Los zapatos de mi madre dibujaban el umbral …