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Las personas que regularmente toman café pueden oler pequeñas cantidades y son más rápidas para reconocer ese aroma en comparación con quienes no son adictos, según un estudio realizado por cuatro investigadores y dirigida por la Universidad de Portsmouth (Reino Unido).

Este estudio, publicado en la revista ‘Experimental and Clinical Psychopharmacology’, es el primero que evidencia que las personas adictas al café no sólo son más sensibles a su aroma y lo identifican más rápidamente que quienes no lo toman, sino que su capacidad para olerlo mejora cuanto más lo anhelan.

Este hallazgo podría abrir la puerta a nuevas formas de utilizar la terapia de aversión para tratar a las personas adictas a sustancias con un olor característico, como el tabaco y el cannabis.

“Encontramos que cuanto mayor era el consumo de cafeíbna, más rápido se reconocía el olor del café”, apunta Lorenzo Stafford, experto olfativo del Departamento de Psicología de la Universidad de Portsmouth y principal autor del estudio.

Stafford añade que los investigadores también han descubierto que las personas más adictas al café empleadas para el estudio llegaron a detectar el olor de un producto con ese aroma de forma muy diluida y en concentraciones muy bajas, y que esa capacidad aumentaba con su nivel de deseo. “Cuanto más deseaban la cafeína, mejor era su sentido del olfato para el café”, apunta.

“Hemos sabido por algún tiempo que las señales de drogas (por ejemplo, el olor a alcohol) pueden desencadenar el deseo de los usuarios, pero aquí mostramos con una droga ligeramente adictiva que el deseo puede estar relacionado con una mayor capacidad para detectar esa sustancia. La cafeína es la droga psicoactiva más consumida y estos hallazgos sugieren que los cambios en la capacidad para detectar olores podrían ser un índice útil de la dependencia de las drogas”, explica.

Los investigadores querían examinar si había alguna diferencia en la capacidad de las personas para oler y responder al aroma del café dependiendo de si eran o no grandes bebedores de esa sustancia. Los resultados apuntan firmemente a un vínculo, ya que los más adictos son más sensibles al olor del café, lo que está vinculado con su antojo.

DOS EXPERIMENTOS

La investigación se basó en dos experimentos. En uno de ellos, 62 hombres y mujeres se dividieron entre no consumidores de café, los que lo hacen de forma moderada (de 70 a 260 miligramos, equivalentes a entre una y 3,5 tazas de café al día) y los que tienen una elevada adicción (300 miligramos o al menos cuatro tazas de café diarios).

A cada persona se le vendaron los ojos. Para probar su sensibilidad al aroma del café se les pidió que diferenciaran cantidades muy pequeñas del olor de la cafeína. Para la prueba de reconocimiento de olores se les solicitó que identificaran lo más rápidamente posible el aroma del café ral y, por separado, el aceite esencial de lavanda. Quienes bebían más café lo detectaron en concentraciones más pequeñas y lo hicieron más rápidamente.

A cada persona también se le pidió que completara un cuestionario sobre el deseo de cafeína. Como era de esperar, los resultados mostraron que mientras más cafeína consumía una persona, más fuerte era su deseo de consumirla.

“Lo que es más interesante, el mayor deseo, específicamente el que mide la capacidad de la cafeína para revertir síntomas de abstinencia como la fatiga, se relacionó con una mayor sensibilidad en la prueba de detección de olor”, recalca Stafford.

En cuanto al segundo experimento, un total de 32 personas no involucradas en la primera prueba se dividieron entre las bebedoras de café y las que no lo consumen. Emplearon la misma prueba de detección del olor de la cafeína y una sustancia no alimentaria.

Nuevamente, los resultados mostraron que los consumidores de cafeína eran más sensibles al olor del café, pero no tenían diferencia sensibilidad al olor no alimentario.

Stafford señala que esos hallazgos sugieren que la sensibilidad al olfato y sus vínculos con el deseo se podrían usar para ayudar a romper algunos comportamientos relacionados con el consumo de drogas, incluida la adicción al tabaco o la dependencia del cannabis.

Investigaciones anteriores mostraron que quienes fueron entrenados para asociar un olor con algo desagradable posteriormente mostraron una mayor discriminación a ese olor.