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Fermín fue hijo de Eugenia y de Firmo, un poderoso senador romano que habitaba en Pamplona en el siglo III. Fermín fue convertido al cristianismo por el  Presbítero Honesto, de origen francés, que también vivía en la región tras ser enviado a España en misión evangelizadora. Fermín fue educado por este sacerdote y a los 24 años fue consagrado como obispo.

Cuando alcanzó la edad de treinta años, Fermín comenzó un viaje que le llevó a predicar por Aquitania, Auvernia y Anjou, hasta llegar a Amiens donde fijó su residencia y se hizo con el obispado de la localidad. En Amiens también hizo enemigos, básicamente, las autoridades oficiales contrarias al cristianismo, que tras encarcelarlo, le martirizaron  y decapitaron.

Su historia llegó a oídos de los pamplonicas en el siglo XII, cuando en 1186, Pedro de París, llevó su cabeza como reliquia a la ciudad. 

A día de hoy, San Fermín es un personaje muy querido por toda la ciudadanía ya sea por afición o por devoción, lo cierto es que, además de darle el nombre a los Sanfermines, su figura es todo un icono asociado a las fiestas, al que los pamplonicas rezan al unísono antes de los encierros: “A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro, dándonos su bendición. ¡Viva San Fermín!”