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Las redes sociales se han convertido en un espacio donde últimamente parece que está permitido burlarse de cualquier persona, escarnecerla y desacreditarla. Ha ocurrido sobre todo con personas reconocidas que han hecho comentarios o acciones desafortunadas dentro y fuera de las redes, pero también con personas sin proyección pública. Algunos ejemplos son el exministro Màxim Huerta, la influenciadora Dulceida y las hijas del presidente de la Generalitat, Quim Torra. Todos ellos cerraron sus cuentas de Twitter tras recibir insultos y críticas por parte de seguidores, enemigos (haters) y troles.

Pero también hay quien, a fin de evitar linchamientos, ha borrado previamente publicaciones de sus perfiles, como los candidatos a presidir RTVE, Ana Pardo directora de Público, y Andrés Gil jefe de la sección de Política de Eldiario.es y que finalmente ha renunciado a la candidatura, una maniobra que el profesor de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la UOC Ferran Lalueza pone en cuestión. «Internet tiene memoria y aunque borremos comentarios o publicaciones, cualquier persona puede hacerlos reaparecer en cualquier momento con una captura de pantalla o a partir de los retuits que se han hecho», apunta.

Las redes sociales han permitido que personas que hace un par de décadas disponían de pocas opciones de comunicar de una forma masiva sus ideas y puntos de vista ahora puedan hacerlo fácilmente. «Los usuarios ahora tienen voz y pueden llegar a ser escuchados y obtener respuestas de otros internautas», asegura la profesora de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la UOC Ana I. Bernal-Triviño.

Delitos a los que se enfrentan quienes insultan

Los profesores recuerdan que los delitos tipificados como las amenazas, las injurias y las calumnias, que cuentan con una especial protección por afectar a la privacidad de las personas, «también son aplicables en las redes sociales». «Muchos usuarios tienen la percepción de que el entorno digital es como el salvaje oeste, donde no existen leyes y todo el mundo hace lo que le parece sin sufrir consecuencias, pero en realidad tenemos las mismas responsabilidades que en el mundo físico», destaca Lalueza.

Sin embargo, los profesores creen que los linchamientos no provocarán abandonos masivos de las redes sociales. «Si las personas terminan abandonando estos espacios de forma masiva, probablemente será por la concienciación de que son objeto de un mercadeo de datos privados y no por los linchamientos que de momento solo afectan a un número reducido de personas», concluye Lalueza.

Ajustes de cuentas en las redes sociales

Lalueza asegura que estos espacios dan la oportunidad a los usuarios de acercarse a personas que cuentan con un cierto poder por su reconocimiento social o el cargo que ocupan, con lo que se da lugar a «una especie de ajuste de cuentas». «Cuando se interactúa con este tipo de personas, el ejercicio de acortar distancias en las redes sociales a menudo se acaba convirtiendo en un ataque, un linchamiento o una especie de revancha por unas acciones o comentarios que el sujeto en cuestión ha realizado», explica.

Bernal-Triviño apunta que en estos espacios los usuarios «encuentran el anonimato que en el espacio real no tienen» y que esto los lleva a expresar todo lo que no hacen cara a cara «porque genera odio». Según Lalueza, un linchamiento tiene lugar cuando una «amplia masa de personas van contra otra persona», por lo que «se produce una situación de desequilibrio donde la víctima por definición siempre está en minoría y, por lo tanto, es más probable que salga escaldada».

Las redes sociales, añade, son artefactos diseñados para buscar la constante aprobación de nuestros actos y esto también puede propiciar linchamientos. «Se genera una dinámica perversa que hace que un usuario, al ver que muchas personas están atacando o insultando a un personaje público, se anime a sumarse con un disparate aún mayor, porque esto le ayudará a destacar y conseguir el apoyo de la mayoría», ejemplifica Lalueza. Bernal-Triviño asegura que estas situaciones pueden dar lugar al «miedo o la angustia de la víctima en algunos momentos, aunque no deben condicionar que la persona pueda llevar una vida normal».