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Hoy se celebra el Día Mundial de los Refugiados, una fecha en la que Acción contra el Hambre alerta de que existen estrechos vínculos entre la guerra y el hambre, que más de la mitad de los refugiados son niños y niñas -mucho más expuestos a sufrir desnutrición- y que las malas prácticas de la lactancia materna, el desequilibrio en la dieta y las barreras sociales están entre los principales obstáculos para preservar un buen estado nutricional entre refugiados y desplazados.

Antonio Vargas, responsable de Nutrición y Salud de Acción contra el Hambre, explicó que “existen evidencias de que incluso a pesar de la ayuda que se pueda recibir hay factores que pueden obstaculizar enormemente el correcto estado nutricional de los refugiados”.

“Es muy habitual que el estrés post-traumático provocado por la violencia provoque, por ejemplo, una interrupción en la capacidad tanto del niño como de la madre de poder realizar la lactancia materna, y la interrupción brusca de la lactancia puede propiciar un cuadro de desnutrición aguda; por eso se hace prioritario trabajar con las madres y los niños menores de seis meses para recuperar cuanto antes la lactancia, que no solo alimentará al pequeño, sino que le protegerá de numerosas enfermedades en condiciones de saneamiento e higiene muchas veces precarias en centros de concentración de personas”, añadió.

La huida provoca también un cambio repentino de la dieta habitual. Las raciones alimentarias que se distribuyen a los desplazados y refugiados están pensadas a menudo para soportar cortos periodos de tiempo, cubriendo los requerimientos básicos nutricionales en forma especialmente de calorías aportados por los carbohidratos de los cereales o aceite vegetal, faltando el aporte de micronutrientes que podrían aportar la carne, el pescado y los productos frescos. “Están pensadas como solución de emergencia, para pocos meses, cuando la tendencia últimamente es el enquistamiento de los conflictos. Un desplazado pasa ahora de media 17 años lejos de su hogar”, afirmó Vargas.

Por su parte, Hélène Pasquier, responsable de Seguridad Alimentaria y Medios de Vida de la organización, manifestó que “las transferencias de dinero son la forma más digna de alimentar a los refugiados a corto plazo, en lugar de distribuciones alimentarias directas: con ello no solo se promueve la economía local de la población de acogida, sino que se permite al refugiado el acceso a productos frescos en los mercados locales y también la elección según sus preferencias alimentarias”.