Compartir

Los hombres siempre nos hemos creído el centro del mundo. Hemos construido todo el entramado económicosocial en torno a nuestro género. Hemos relegado a la mujer a un papel secundario para que se ocupe de todo aquello que nos significa un incordio y nos impide ejercer de macho alfa. 

Y lo hemos hecho muy bien porque todos los usos y costumbres sociales están montados de tal manera que, aunque ellas tengan más valías profesionales que nosotros, no puedan demostrarlas ni ejercerlas. Y cuando hacemos alguna excepción es a costa de que ellas pierdan sus derechos. Pierden el derecho a cobrar el mismo salario que su compañero, pierden el derecho a conciliar, porque las comidas de trabajo son fundamentales, igual que las reuniones interminables a las siete de la tarde o a las siete de la mañana, y así una larga lista.

Pero hay mucho más. Si la mujer es joven y por lo tanto está en un momento óptimo para desarrollar su carrera profesional, resulta que también está en su momento óptimo de fertilidad. Y ese puntito puede ser un problema para la empresa, dirigida siempre por hombres, y no merece la pena “invertir” en su carrera. Y si la mujer ha pasado su momento de fertilidad, resulta que ya es mayor y además le falta formación porque se ha dedicado a cuidar a sus hijos, que por cierto son los nuestros.

Hemos construido un perfecto techo de cristal blindado. Palabras como lavadora, aspiradora, plancha, fregadero o pañales, las conocemos porque somos cultos y porque vemos cómo usan esos objetos ellas. Ya sé que ellas también trabajan, pero no tanto como nosotros. Bastante hacemos poniendo la mesa mientras nos tomamos una cervecita y ella prepara la cena, y además pretendemos que por la noche cumplan.

Mi chica, mi mujer, mi esposa, todo mi… y para mí. Hasta el lenguaje, el arma más destructiva que existe, lo hemos retorcido para demostrar una vez más que el rey de la creación no es el león, es el hombre.