Compartir

En el estudio, publicado en la revista 'Enviromental Research', los investigadores analizaron datos de casi 3.000 pacientes atendidos en el Hospital del Mar por ictus entre los años 2005 y 2014. De estos datos pudieron comprobar que la presencia en el aire que respiramos de hollín, procedente de la mala combustión de los motores diésel, actúa a corto plazo como desencadenante de un tipo concreto de ictus, el aterotrombótico, provocado por el desprendimiento de las placas de ateroma, que están formadas por colesterol, calcio y otras sustancias que se acumulan en las arterias y provocan la oclusión del vaso.

El director del estudio y jefe de servicio de Neurología Clínica del Hospital del Mar, el doctor Jaume Roquer, destacó que esto demuestra “que el efecto nocivo de los contaminantes ambientales para la salud de la población va mucho más allá de su impacto sobre los problemas respiratorios y el cáncer. Hemos demostrado que el aumento del carbón negro en el medio ambiente también afecta al sistema circulatorio cerebral incrementando el riesgo de sufrir un ictus“.

En cambio, el estudio no encontró ninguna relación entre los niveles de partículas inferiores a 2,5 micras y los casos de ictus. Un hecho que, según la investigadora Rosa María Vivanco, “no quiere decir que no exista, simplemente, no lo hemos podido demostrar en nuestra área de influencia”.

En el caso del carbón negro, u hollín, el análisis de los datos indica una clara relación entre los niveles en la atmósfera y el riesgo de sufrir un ictus aterotrombótico. Así, por cada incremento de 1,7 µg/m3 (microgramos por metro cúbico) de su concentración en el aire, el riesgo de sufrir un ataque durante las 24-72 horas siguientes crece el 20%. Esto se debe al hecho que la exposición al hollín generado en los motores diésel provoca un incremento de las partículas inflamatorias en nuestro cuerpo, “un estado pro trombótico“, según la doctora Vivanco.

Se trata de casos de “personas que, de forma subyacente, ya sufren la enfermedad ateroesclerótica, en las cuales la contaminación funciona como un desencadenante, es decir, la contaminación desencadena una serie de reacciones inflamatorias en el cuerpo que pueden acabar provocando el desprendimiento de la placa de ateroma que lleva a la oclusión de un vaso cerebral, y por lo tanto, aumentar el riesgo de sufrir un ictus“, añadió.