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(Actualiza cifra de fallecidos y añade información)

Édgar Ávila

Coatzacoalcos (México), 22 abr (EFE).- Familias provenientes de distintas zonas del sureste de México se arremolinan en los accesos principales del Complejo Petroquímico Pajaritos, habilitado como morgue para la identificación de los fallecidos en la explosión del miércoles pasado, cuya cifra ascendió hoy a 28.

Saben que deben recorrer un verdadero infierno para ubicar a sus seres queridos. Por eso, cuando atraviesan la puerta, su vida pende de un hilo.

Lo primero a lo que se enfrentan, según relatan quienes ya lo vivieron, son fotografías marcadas con un número y con la imagen de un rostro destrozado por el fuego que debe concordar con el familiar extraviado.

El impacto es inmediato. Pero tras horas y días de buscar en hospitales, Pajaritos sigue siendo la esperanza de encontrar los restos y, al menos, despedirse de las víctimas y dejarlas descansar en una tumba.

No es tarea sencilla. Después del impacto de ver las fotos y tratar de reconocer alguna seña, viene la peor parte.

Los familiares son trasladados a un segundo cuarto en que hay bolsas negras que contienen los restos de aquellos hombres trabajadores y honestos que se ganaban la vida por 1.400 pesos (80 dólares) semanales en el complejo.

Los peritos abren con cuidado la bolsa para descubrir la verdadera imagen de la tragedia, y si no hay dudas que se trata del que buscaban, entonces se inician las pruebas de laboratorio para confirmar la identidad; un proceso largo y doloroso.

La señora Araceli Cordero, madre del joven de 21 años Víctor Hugo Cordero, quien se encontraba en la Planta Clorados 3 cuando sobrevino la explosión, lleva dos días esperando a la intemperie frente a las instalaciones petroleras.

A las dos horas de que se enteró del accidente, salió de su lugar de origen, el municipio de Venustiano Carranza en el estado sudoriental de Chiapas, un camino que duró cinco horas para llegar a tratar de encontrarse con su amado.

El jueves por la madrugada inició el recorrido por hospitales de Coatzacoalcos, en el sur del estado oriental de Veracruz, donde se encuentra el complejo, y al no encontrar a su hijo fue enviada a Pajaritos, donde su esposo logró ingresar a la zona de la morgue improvisada.

“Desde ayer entró mi esposo pero yo no he entrado, yo no quiero entrar”, dice con un castellano cortado esta mujer indígena que lleva 48 horas al aire libre, a veces parada y otras sentada en las banquetas, en espera de noticias.

Su hijo llevaba apenas tres meses trabajando en la planta de la compañía privada Petroquímica Mexicana de Vinilo (PMV), dentro del complejo petroquímico, y lo hacía en un lugar tan alejado de su terruño porque del campo ya no se vive; apenas -dice- se sobrevive.

“Mi esposo me dijo que están saliendo todos por foto, pero pues como están todos quemados ya no se reconocen bien”, agrega y suelta un llanto que le sale del alma. “Es horrible la espera, con la angustia sin saber si está aquí o dónde”, afirma.

Luego toma aire y confiesa que ruega porque ninguno de los cuerpos carbonizados dentro de la planta sea de Víctor Hugo. “Primeramente Dios no está allá adentro, y esperaré el tiempo que sea necesario”, dice tirada en el piso, con el estómago vacío.

La empresa estatal Petróleos Mexicanos (Pemex), que opera la planta de PMV en sociedad con la compañía Mexichem, informó a través de la red Twitter que “como resultado de las búsquedas de hoy, fueron encontrados los cuerpos de cuatro personas más, elevando el total de fallecidos confirmados a 28”.

Añadió que la cifra actual de trabajadores lesionados que permanecen en diversos hospitales es de 18.

También indicó que las cuadrillas continúan con las labores de búsqueda en las zonas de más difícil acceso del sitio, con asistencia de “drones y equipo especializado para un barrido visual completo”.

En tanto, en el panteón Las Lomas de la ciudad, todo el pueblo despide al héroe que ofrendó su vida por la de los demás.

“Sabemos que se despidió haciendo lo que más le gustaba: un acto heroico”, declara un familiar de Fredy Sánchez Lara, un bombero que trabajaba en el interior de la planta.

La comunidad petrolera del sureste de México conoce la historia de Fredy, el tragahumos que cuando sobrevino el primer flamazo en la planta tomó entre sus manos una manguera de agua para tratar de combatir el fuego, pero cuando se produjo la explosión su esfuerzos y su vida terminaron. EFE

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