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Manuel Fuentes

Santiago de Chile, 19 abr (EFE).- A Patricio Aylwin en Chile, al igual que a Adolfo Suárez en España, le tocó encabezar una transición política que con el paso del tiempo ha sido calificada de ejemplar, pero que en su momento estuvo sometida a presiones de algunos sectores democráticos y a la amenaza de los círculos golpistas.

“Patricio Aylwin -como (Konrad) Adenauer en Alemania, (Charles) de Gaulle en Francia y Adolfo Suárez en España- es el padre fundador de la nueva democracia”, opina Carlos Huneeus, director del Centro de Estudios de la Realidad Contemporánea.

A juicio de este sociólogo chileno, el reconocimiento de la contribución de Aylwin al desarrollo de la democracia en Chile se irá acrecentando a medida que transcurra el tiempo y las diferencias sobre el pasado vayan disminuyendo.

Aylwin fue cofundador del Partido Demócrata Cristiano y opositor al Gobierno de Salvador Allende (1970-1973) y en diciembre de 1989, como candidato de la Concertación de Partidos por la Democracia, ganó las elecciones presidenciales que marcaron el retorno de Chile a la democracia.

Un año antes, una dictadura (la de Augusto Pinochet) había convocado por primera vez en la historia un referéndum para decidir sobre su continuidad y la oposición albergaba el temor de que los militares no cumplieran con lo pactado.

En 1990, tras 17 años de Gobierno militar, Aylwin se convirtió en el presidente democrático de un país cuyo Ejército seguía al mando del general golpista. Comenzaba así una compleja transición en la que buscó “justicia en la medida de lo posible”.

Ese ejercicio de posibilismo encerrado en una de las frases más emblemáticas del mandato de Aylwin, recuerda la simbólica fórmula de “puedo prometer y prometo” con la que en vísperas de las elecciones de 1977, el entonces candidato a la presidencia del Gobierno Adolfo Suárez se dirigió por televisión a los españoles.

Suárez, quien ocupó diversos cargos dentro de la estructura política del tardofranquismo, condujo la transición democrática española entre 1976 y 1981, cuando Suramérica vivía sometida a la dictadura.

Por este motivo, el presidente del Gobierno español se convirtió para los países latinoamericanos en el símbolo de un estadista capaz de dirigir la transición a la democracia de forma incruenta.

La amnistía a los presos políticos, la legalización de los partidos políticos y la Constitución de 1978 son las principales aportaciones de su legado político.

Una aportación decisiva para la consolidación de la democracia en España, al igual que para Chile lo fue la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación -que documentó las atrocidades cometidas por la dictadura-, las reformas económicas que impulsaron el crecimiento al 7 % anual y las primeras leyes de política indígena.

Al igual que Suárez, Aylwin se enfrentó en su Gobierno a la crítica severa de sus adversarios políticos y la indiferencia de algunos de sus compañeros de filas, que restaron importancia a su audacia política y cuestionaron decisiones adoptadas en un difícil contexto político.

Y como el político que lideró la transición española -muerto en marzo de 2014 a los 81 años-, el hoy fallecido presidente democratacristiano también vivió momentos dramáticos en los que temió el retorno de los militares al poder.

A decir del expresidente Sebastián Piñera, “quien más se asemeja al rol de Adolfo Suárez es Patricio Aylwin, el hombre que más aporto a la transición ejemplar que tuvo Chile”.

“Adolfo Suárez tuvo muchas virtudes, pero tal vez la más importante es que se dio cuenta, apenas murió Franco, de que la única opción que tenía España era la democracia”, sostiene Piñera, quien este martes atribuyó esa misma clarividencia política a Patricio Aylwin al destacar su “rol fundamental en la forma ejemplar en que Chile recuperó la democracia”.

Y al igual que Suárez, Aylwin hacía gala de un gran sentido del humor.

En octubre de 2008, en una entrevista concedida a Efe, el exmandatario estalló en una sonora carcajada al recordar cuando llamó a Pinochet para recriminarle por unas declaraciones que había hecho su esposa, Lucía Hiriart, y el general le respondió: “¡No me diga 'na', presidente!, ¡Cuarenta años, cuarenta años!”.

También Adolfo Suárez utilizaba la ironía para restar dramatismo a los trances difíciles y achicar la solemnidad de los momentos históricos.

Y aunque tampoco llegó a escribir sus memorias, las anécdotas protagonizadas con el rey Juan Carlos o las artimañas para legalizar el Partido Comunista quedarán en la memoria de los periodistas con los que compartía confidencias y cigarrillos.

Pragmático, dialogante, buscador de consensos. A decir de los analistas, esta descripción calza a la perfección tanto con Patricio Aylwin como con Adolfo Suárez, dos figuras políticas cuyo legado se va acrecentando con la perspectiva que ofrece el paso del tiempo. EFE