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Jèssica Martorell

Nairobi, 2 abr (EFE).- Un año después de la matanza en la Universidad de Garissa en la que murieron 148 personas, la amenaza terrorista permanece intacta en Kenia, donde su gente vive bajo el temor de que el grupo yihadista somalí Al Shabab vuelva a atacar en cualquier momento.

El peor atentado de Al Shabab en Kenia ocurrió a primera hora del jueves 2 de abril de 2015, cuando un comando terroristas tomó el control del campus universitario durante 16 horas ante la pasividad de las fuerzas de seguridad, que tardaron más de doce en llegar a la zona, en el norte y muy cerca de la frontera somalí.

Pese a que en el último año no se ha registrado ningún atentado en territorio keniano, los expertos advierten de que la alerta sigue siendo alta y que no se puede descartar que esta filial de Al Qaeda esté planeando ataques similares a los ocurridos en los últimos meses en hoteles de Mali, Burkina Faso o Costa de Marfil.

“La amenaza en Kenia no se ha eliminado. Sigue habiendo simpatizantes de Al Shabab en territorio keniano, por lo que el riesgo sigue ahí”, explica a Efe el analista del International Crisis Group (ICG) para Somalia Abdullahi Abdille.

Tras la masacre en Garissa, el Gobierno keniano fue duramente criticado por su incapacidad para actuar ante las constantes advertencias de acciones terroristas, de las que sus servicios de inteligencia tenían constancia y que fueron obviadas.

Parece ahora que Kenia ha aprendido de los errores y ha puesto en marcha una nueva estrategia con la que ha logrado frenar el creciente número de ataques en la porosa frontera con Somalia, donde la capacidad de las fuerzas de seguridad para controlar la zona ha sido puesta en entredicho en numerosas ocasionas.

“Tras Garissa, por primera vez el Gobierno escuchó y aplicó las recomendaciones de los líderes regionales para combatir a los terroristas”, afirma Abdille.

“Ahora se ha reforzada la seguridad en la zona con agentes y fuerzas locales que conocen a la gente y el área. Antes, la coordinación del Gobierno con las autoridades locales era inexistente”, asevera.

Precisamente, la pobreza de las zonas del norte, olvidadas por la Administración, y los abusos que ésta comete sobre sus habitantes, han generado durante años un caldo de cultivo sobre los que Al Shabab ha lanzado sus redes de reclutamiento.

Pese a que la seguridad ha aumentado, el analista advierte que “Al Shabab siempre está a punto para perpetrar un gran ataque”, porque cuenta con la logística y la financiación que necesita para hacerlo.

“Al Shabab seguirá siendo una amenaza hasta que no se produzca un cambio en la estrategia de la comunidad internacional y de la Misión de la Unión Africana en Somalia (AMISOM) que, pese a llevar casi diez años en Somalia, ha tenido una actuación inútil”, critica Abdille.

Los recientes ataques de la milicia radical contra bases militares de la AMISOM, que han causado la muerte de centenares de soldados africanos, evidencian la incapacidad de esta misión para garantizar la seguridad en el país, donde los yihadistas no encuentran resistencia a la hora de atacar perfiles altos.

Los expertos coinciden en señalar que el principal problema en la lucha contra Al Shabab es la falta de coordinación entre los diferentes países que integran esta misión de la Unión Africana.

Frente a la ineficacia de los estados, Kenia aprende a vivir en un país demasiado castigado por las matanzas y el miedo.

Hoy, los kenianos se esfuerzan por mantener la memoria de los 148 asesinados en el ataque de Garissa, que, a diferencia de lo sucedido en París o Bruselas, no suscitó la misma reacción ni atención internacional. EFE