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Túnez, 18 mar (EFE).- Túnez apeló hoy a la democracia y la defensa de las libertades durante una íntima ceremonia en recuerdo de los 22 turistas extranjeros asesinados hace un año en un ataque que despertó la pesadilla yihadista en el país, hundió su economía y agrietó su frágil transición política.

Ambos valores vertebraron los discursos que el primer ministro tunecino, Habib Essid, y del ministro francés de Asuntos Exteriores, Jean-Marc Ayrault, pronunciaron en el salón de entrada del Museo de El Bardo, escenario de la masacre.

“Túnez está comprometido con el camino de la democracia iniciado en 2011” tras la revuelta que puso fin a la dictadura de Zine el Abedin Ben Ali “y seguirá luchando con firmeza y determinación contra quien quiera amenazarlo”, aseguró Essid.

Ayrault alabó, por su parte, “el coraje y el ejemplo del pueblo tunecino” en la defensa de la única transición democrática que sigue viva tras el fracaso generalizado de las llamadas “primaveras árabes”.

“Ese terrorismo está derrotado, está derrotado por el coraje de las fuerzas de Seguridad tunecinas, por la determinación del pueblo tunecino que plantó cara al terror”, afirmó el ministro antes de instar a la resistencia frente a los fanáticos.

“Frente al oscurantismo, Túnez respondió con la libertad, frente al terrorismo Túnez respondió con la democracia, frente a la barbarie Túnez y Francia respondieron con la fraternidad”, agregó Ayrault en recuerdo a los atentados de París de 2015.

Antes de la ceremonia, que incluyó varias actuaciones musicales, la organización “Todos Somos Bardo” colocó en el jardín del museo un gran mosaico romano con los nombres y los rostros de las víctimas de la masacre.

“En él han trabajado durante todo el año cuatro talleres especializados en este arte en El Jem”, explicó a Efe uno de los promotores de la idea.

“Es un homenaje a las víctimas pero también una señal del compromiso de la sociedad tunecina que rechaza de plano el radicalismo y está comprometida con la democracia y la libertad”, agregó.

La obra salió el mismo jueves de los talleres, ubicados a unos 250 kilómetros al sur de la capital, y llegó escoltada por varios camiones con las banderas de los países que lamentaron víctimas mortales: Italia, Japón, Polonia, Francia, Rusia, Bélgica, el Reino Unido, Colombia y España.

El ataque de El Bardo, perpetrado por dos tunecinos vinculados ideológicamente con la organización yihadista Estado Islámico (EI), fue el primero de los tres que conmocionaron a la sociedad tunecina en 2015.

Según el relato oficial, los dos jóvenes entraron sin que nadie les detuviera en el recinto del museo y tirotearon un autobús llenó de turistas antes de atrincherarse en el interior del edificio, que comparte jardín y entrada con el Parlamento nacional.

Ya en las salas, que albergan una de las mejores colecciones de mosaicos romanos del norte de África, tomaron varios rehenes y se enfrentaron a las fuerzas de Seguridad antes de ser abatidos.

Tres meses después, otro joven -también presuntamente entrenado por los yihadistas en la vecina Libia- abrió fuego en la playa de un hotel de lujo en la ciudad costera de Susa y mató a 38 turistas extranjeros, la mayor parte de ellos británicos.

En octubre, un kamikaze -igualmente vinculado con el EI- hizo explotar un cinturón con explosivos al paso de un autobús de la Guardia Presidencial en el centro de la capital, ataque en el que murieron doce militares.

Los atentados, que supusieron un mazazo para la economía -el turismo es uno de los pilares del país-, dejaron al descubierto, además, la falta de preparación y los errores de las fuerzas de Seguridad tunecinas, incapaces hasta la fecha de controlar una amenaza que no cesa de crecer.

Una sensación de vulnerabilidad que se agudizó hace dos semanas, después de que decenas de yihadistas -algunos de ellos infiltrados desde Libia- intentaran sin éxito asaltar una comisaría y una caserna en la ciudad limítrofe de Ben Guerdan, capital del tráfico ilegal en el sur del país.

En la batalla y persecución posterior murieron siete civiles, 11 policías y militares, y un total de 49 yihadistas, aunque se cree que cerca de un centenar lograron huir en dirección a Libia y la frontera con Argelia.

Desde la caída de la dictadura de Zinedin el Abedin Ben Ali, en enero de 2011, las regiones del sur de Túnez se han convertido en centro de reunión de yihadistas procedentes de todos los puntos del Sahel.

La mayor parte de ellos se concentran en la región montañosa de Kasserine, vecina con Argelia, y además de enfrentarse a las fuerzas de Seguridad tunecinas suelen viajar a Libia para sumarse a la lucha armada.

Túnez, país en el que el fanatismo islamista está arraigado desde la década de los ochenta, es en la actualidad el primer estado del mundo en número de ciudadanos que se han unido al EI en Siria e Irak, con cerca de 5.000 voluntarios según cifras oficiales. EFE

jm/ie

(foto) (audio) (vídeo) (informe a cámara)