jueves, 1 octubre 2020 14:16

Se marcha Aníbal Cavaco Silva, el rostro de 20 años de democracia portuguesa

Antonio Torres del Cerro

Lisboa, 8 mar (EFE).- Aníbal Cavaco Silva cumple hoy su último día como presidente de Portugal tras más de 20 años de intensa actividad política, 10 de ellos al frente de la jefatura del Estado y otros 10 como primer ministro.

Cuando deje de ser presidente este miércoles, los portugueses sentirán una mezcla de desconcierto y alivio: Cavaco es el rostro que se habituaron a ver durante 20 de los 40 años de democracia lusa pasará a un segundo plano.

Cavaco Silva (1939, Boliqueime, Algarve) ha sido presidente 10 años (2006-2016) y otros 10 primer ministro (1985-1995), lo que le convierte en el dirigente con más tiempo en cargos de máxima responsabilidad en las cuatro décadas de democracia portuguesa.

Y se va agradecido a los portugueses, “a todos, sin excepción”, precisa en el mensaje de despedida divulgado hoy, en el que asegura que siempre procuró corresponder a la confianza que en él depositaron.

Pero su marcha ha provocado un sentimiento más de alivio que de añoranza entre sus compatriotas.

Figura histórica del Partido Social Demócrata (PSD, centro-derecha), la buena fama de gestor de Cavaco Silva empezó a venirse abajo en su último y agitado mandato (2011-2016).

Se vio superado por el rescate financiero al país, la dimisión del gabinete del socialista José Sócrates, protestas sociales por los recortes, una crisis en el Gobierno conservador y, como colofón, la inédita alianza de izquierdas del actual Ejecutivo, que tuvo que aceptar contrariado.

En todos esos episodios, el papel de moderador que debe tener un jefe de Estado se cuestionó, al tiempo que caía su popularidad.

Los que defendían al católico fervoroso Cavaco Silva como protector de los más estimados valores lusos, como la cultura del trabajo, la familia o la corrección moral, empezaron a quedarse sin argumentos.

El presidente mostraba su perfil más intervencionista, reflejado, por ejemplo, en el veto de leyes (capacidad que le otorga la Constitución).

No dio su visto bueno, imprescindible para que una ley entre en vigor, a 25 normas aprobadas en el Parlamento, récord entre los jefes de Estado lusos, como las que regulaban el matrimonio homosexual, los recortes a pensionistas y funcionarios, o el aborto.

Aunque la mayor parte de las leyes vetadas acabaron por ser promulgadas, la intervención del presidente sirvió para entorpecer su entrada en vigor.

Especialmente tensa fue la cohabitación que tuvo con el socialista José Sócrates, que culminó en 2011 con elecciones anticipadas, que ganó el conservador Pedro Passos Coelho, y con la firma de un doloroso rescate.

A pesar de los sobresaltos y las polémicas de su último mandato, nadie niega la marca que deja este presidente en la política lusa, bautizada ya como “cavaquismo”.

Ese fenómeno, el del cavaquismo, convenció a muchos por su rigurosidad y previsibilidad, seguramente heredadas de su formación como economista, y por sus convicciones fuertemente católicas.

Pese a ser algo desconfiado y con poco don de gentes, los votantes apreciaban la fiabilidad del político, clave en la integración de Portugal en la Unión Europea (UE) en su época de primer ministro.

Permaneció en ese cargo una década (1985-1995), cuando Portugal vivió una fase de bonanza sustentada en el impulso de su ingreso en la UE y en la instauración de políticas que promovieron la iniciativa privada en detrimento del control estatal.

Antes, había sido ministro de Finanzas en 1980 durante el corto Gobierno del malogrado Francisco Sá Carneiro, época en la que aplicó medidas deflacionistas y de control del gasto público.

Hijo de un trabajador rural y casado con la filóloga María Alves da Silva, con la que ha tenido dos hijos, Patrícia María y Bruno, Cavaco Silva siempre enarboló la honestidad como su principal bandera política. Por eso, en la campaña de 2010, se sintió especialmente atacado.

Varios medios llegaron a publicar que se había beneficiado de la compraventa de acciones de un banco luso intervenido en 2008 y se le vinculó con supuestas irregularidades en la construcción de una residencia en el Algarve que no contaba con los permisos necesarios. EFE

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