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Antonio Torres del Cerro

Lisboa, 19 ene (EFE).- En contra de lo que sucede en otras democracias parlamentarias europeas, como la alemana o italiana, las elecciones presidenciales tienen especial relevancia en Portugal, donde el jefe del Estado tiene competencias para vetar leyes, convocar elecciones y hasta disolver el Parlamento.

Cuando los portugueses acudan a las urnas este domingo para votar al sucesor del conservador Aníbal Cavaco Silva de entre los diez candidatos que aspiran al cargo, lo harán a sabiendas de que se trata de una elección que no es meramente institucional.

Especialistas consultados por Efe explican que la figura presidencial en Portugal desempeña un papel clave, tanto en el engranaje político como en el plano institucional (es la máxima autoridad del Estado y el comandante Supremo de las Fuerzas Armadas).

Aunque no tenga poder legislativo ni ejecutivo, -que corresponden al Parlamento y al Gobierno, respectivamente-, el presidente luso dispone de competencias para vetar leyes, convocar elecciones, escoger partidos para formar Gobierno o disolver la Cámara.

De hecho, una de las principales misiones que la Constitución portuguesa otorga al jefe del Estado es la de “regular el funcionamiento de las instituciones democráticas”.

Aparte de la convocatoria de elecciones o la disolución del Parlamento, ésta última medida justificada solo en casos de grave inestabilidad, una de las armas más poderosas del presidente es la capacidad de vetar leyes o mandarlas al Constitucional.

Además, la entrada en vigor de cualquier norma jurídica depende siempre de la sanción del jefe del Estado.

El de Portugal es un sistema considerado semipresidencial, semejante al francés, en el que el presidente y el primer ministro, que se eligen en comicios diferentes, están obligados a cohabitar, en una relación que ha tenido momentos tensos en los 40 años de democracia lusa.

Uno de los episodios más famosos sucedió en noviembre de 2004, cuando el entonces presidente de Portugal, el socialista Jorge Sampaio, disolvió el Parlamento durante la breve legislatura del centroderechista Pedro Santana Lopes, alegando inestabilidad.

Mucho más reciente fue el tira y afloja entre el todavía presidente, Cavaco Silva, y el hoy primer ministro, el socialista António Costa.

A pesar que había un pacto de izquierdas para desbancar a la centroderecha, ganadora de los comicios del pasado 4 de octubre sin mayoría absoluta, Cavaco Silva optó por llamar para formar Gobierno al conservador Pedro Passos Coelho, al considerar que la alianza de izquierdas era endeble.

En ese polémico episodio, el presidente luso acabó por dar su brazo a torcer y encargar formar Gobierno a Costa, aunque apenas lo hizo por cuestiones legales ya que, al estar en fin de mandato, no podía convocar elecciones anticipadas, como era su deseo.

Las candidaturas a las presidenciales en Portugal son individuales y no partidarias, y puede presentarlas cualquier ciudadano portugués, siempre y cuando cuente con al menos 8.000 firmas de apoyo.

Los partidos no intervienen directamente en la campaña, aunque sí suelen dejar una recomendación de voto.

En las elecciones de este 24 de enero, compiten 10 candidatos, número récord en los 40 años de democracia portuguesa.

Ésta es además una campaña de bajo coste, en la que los aspirantes esperan gastar 3,4 millones de euros, procedentes de aportaciones privadas y de subvenciones estatales.

Paradójicamente, el claro favorito Marcelo Rebelo de Sousa, apoyado por la oposición de centroderecha, será el que menos gaste entre los principales candidatos, con un presupuesto de 157.000 euros.

El comunista Edgar Silva (750.000) y los socialistas António Sampaio da Nóvoa (742.000) y Maria de Belém (650.000) y la marxista Marisa Matías (500.000) le superan ampliamente.

Por último, a diferencia de las legislativas, las elecciones presidenciales pueden a llegar a tener dos vueltas, en caso de que en la primera no haya ningún candidato con más de la mitad de los votos. EFE