viernes, 7 agosto 2020 18:16

Las madres del ISIS y su dolor como enseñanza para vencer al yihadismo terrorista

“Si hubiera sabido cómo iba a ser el final, su final, no habría tenido hijos”. Quien dice esto es la madre un joven yihadista muerto cuando combatía en las filas de ISIS. Una frase potente y desgarradora que pone el foco en el agujero negro y el sufrimiento en el que viven miles de familias en todo el mundo. Tan dolorosa experiencia como la que experimentan -con algunas diferencias- las víctimas de sus atentados terroristas o los soldados que combaten al grupo en el campo de batalla. Puede haber pocas cosas comparable al dolor de ver a un hijo convertido en un verdugo. ¿Podemos llegar a pensar en esa capacidad de proselitismo y seducción como el primer enemigo a vencer? Algunos expertos en seguridad parecen muy seguros de ello. 

Recordemos el ejemplo de John 'El Yihadista', el británico convertido en uno de los mayores iconos propagandísticos del grupo terrorista que fue eliminado por EE.UU. el 13 de noviembre pasado. Ghaneya Emwazi, su madre, confesó que la última vez que supo de su hijo fue en 2013, cuando él los llamó desde Turquía y les dijo que viajaba a Siria como voluntario en trabajo humanitario. Estamos hablando de una familia de clase media londinense de origen kuwaití que vive desde hace casi tres años un el doble calvario: Su hijo ya muerto era un despiadado verdugo. Un 'carnicero'. El inicio de su radicalización se habría producido al comenzar sus estudios de informática en la Universidad de Westminster en 2006, cuando cumplió 18 años. Sus conocidos señalan que, aunque vestía ropas occidentales, empezaba a dar síntomas de religiosidad y cada vez acudía con más frecuencia a la mezquita.

Pues bien, con la ayuda de los testimonios sobre el infierno cotidiano en que ISIS ha convertido sus vidas, las madres de centenares de jóvenes que empuñaron el kalashnikov de Alá se convierten en una de las variables clave a la hora de tomar decisiones acerca de cómo enfrentarnos a un desafío sobrevenido y cuya magnitud solo llegamos a intuir, aunque ya se vislumbra gigantesco. En su lucha y experiencia hay algunas enseñanzas que ahora pueden resultar de mucha utilidad.

El Huffington Post (USA) en un memorable artículo, relata las experiencias desgarradoras de algunas de estas madres. Historias de cómo perdieron a sus hijos en una guerra que no era necesariamente suya. De cómo algunas no tuvieron ocasión de despedirse antes de que los traficantes de conciencias se los llevasen para ser entregados a Alá en la ceremonia absurda de la guerra. Otras, como Monique (en portada) o Pranvera Zena consiguieron arrebatar a tiempo a sus hijos de las garras del Estado Islámico.

Llegados a Siria o Irak desde Europa, Australia o Estados Unidos, los conversos occidentales del grupo terrorista dejaron en sus familias un hueco que ya nada podrá llenar o reparar. Y casi siempre su sitio en las filas del ISIS estaba reservado a la primera línea de fuego. Eran, son pura carne de cañón. Ahora ni la guerra, ni las bombas, ni el exterminio total del yihadismo, devolverá a estos chicos a su sitio. Este es el relato de la lucha que mantuvieron las 'madres del ISIS' para que el Califato no les arrebatase las vidas, ya perdidas, de su hijos. Una lucha que se vive con algunos parecidos y muchas diferencias tanto en Yemen como en Gran Bretaña, en Dinamarca o en Irak, España y Arabia Saudí.

                                

             (En la foto Pranvera Zena, una madre kosovar que tuvo mucha más suerte que otras miles de todo el mundo. Ella recuperó a su hijo                    con ayuda de los servicios secretos turcos después de que su propio padre lo raptara para llevárselo con él junto al ISIS)

Y es que este grupo terrorista ha conseguido engrosar sus filas con más de 20.000 soldados extranjeros. Es decir, ni iraquíes, ni sirios. La mayoría de chicos, en algunos casos menores de edad, partía desde entornos más o menos cercanos culturalmente al mundo islámico y de redes de amistad ligadas a la inmigración musulmana -sobre todo, magrebí. Pero lo más llamativo tanto para el presidente francés, François Hollande, como para el resto de los mortales es que más de 4.000 combatientes extranjeros llegaron al frente sirio desde Occidente, según las cifras de algunos servicios de inteligencia. Noruega, Francia, Dinamarca. Australia, EE.UU. y algunos otros eran sus lugares de origen. Y de ellos, existe un porcentaje pequeño pero no desdeñable que eran de ascendencia europea, educados en otras religiones o simplemente en entornos completamente laicos. Ajenos al islam. Y eso es lo que nos interesa como enseñanza. ¿Qué está sucediendo?

ÚNICAMENTE LA INTEGRACIÓN NO ES EL PROBLEMA

Pensemos que, si como está comprobado, más del 30% de quienes 'emigran' a los campos de batalla en Siria eran conversos al islam. ¿Se puede hablar de un problema de integración en las sociedades en las que se educaron? Al menos no como un problema que lo explique todo. Puede ocurrir que existan, tal vez, problemas de integración personales, más de índole psicológica que socioeconómica. 

Según Fernando Savater, filósofo, escritor y profesor de ética en la Universidad del País Vasco, “podemos equivocarnos y podemos pensar en estos terroristas como la encarnación del mal. Pero eso no existe. Ellos buscan un orden y un fin. Y encuentran un sentido a la vida en un mundo en el que casi todo se ha vaciado de contenido, aunque a nosotros, por supuesto nos resulta odioso. ¿Qué referentes tienen estos jóvenes? ¿A qué se pueden agarrar? Y si además, tienen certezas como que están en mundo de paso hacia la verdadera vida y que lo bueno llega después…”.

Los perfiles que se han venido publicando con mayor o menos fortuna sobre los terroristas que protagonizaron el ataque a París nos ofrecen pistas válidas si las analizamos con rigor.

Para Javier Urra, psicólogo forense, “hay mucha gente que se siente muy mal por distintos motivos. Y que buscan grupos para encontrarse en entornos fuertes y seguros. Y dentro de estos, hay muchos jóvenes que no se sienten integrados de una manera normal en la sociedad. Están en una realidad distinta a la que estamos el resto de ciudadanos. Sean de la religión que sean. Son jóvenes impermeables a la realidad social que, además, muchas veces han estado o están en submundos como el de la delincuencia“.

El italiano Lorenzo Vidino es experto en terrorismo islámico y violencia política. Ha colaborado con la RAND Corporation, la Universidad de Harvard y el Center for Security Studies del Politécnico de Zúrich. En sus escritos, siempre ha advertido que no hay relación directa entre integración y radicalización: “Personalmente creo que este vínculo es muy tenue. Basta con analizar los perfiles de los terroristas. Son trayectorias extremadamente heterogéneas. Hay gente marginalizada, pero también gente perfectamente integrada en la sociedad”

En artículos y entrevistas de Vidino encontramos alguna advertencia que puede ser esclarecedora: “Una persona criada en los suburbios urbanos, en una familia desestructurada y con problemas en la escuela es más propensa a la radicalización. Pero también hay muchos estudiantes universitarios, jóvenes convertidos al islam, chicos de 'buena familia'”

Así las cosas, ¿podemos encontrar en los relatos de relatos de las madres y en los retratos de sus hijos ya muertos algunos rasgos definitorios? Ellos recurrieron a las redes sociales, esa gran arma en manos del ISIS. Según Brookings Institution, hay unas 30.000 cuentas vinculadas al Estado Islámico en Twitter controladas por más de un millar de seguidores en todo el mundo. Ellos son los encargados de difundir la propaganda del Estado Islámico, enaltecer a la organización liderada por Abu Bakr Al-Bagdadi. Pues bien, unos 300 de esos usuarios tuitean en inglés y francés, desde unas 5.000 cuentas que son las que sirven de mascarón de proa para conseguir muyahidines occidentales en su yihad. Y, entre todos ellos, muy pocos son verdaderos reclutadores. 

DESCUBRIR EN TU HIJO A UN SOLDADO DE ALÁ

Uno de los testimonios de Huffington Post que hemos elegido como ejemplo e inspiración es el de Christianne Boudreau y Damian, su hijo. Hablamos de un joven que se encerró en si mismo mientras veía en solitario vídeos de jóvenes armados hasta los dientes, en una actitud épica. Vio tiroteos y ejecuciones. Eso fue después de que a los 10 años su padre se fuera de casa. Y el pequeño huyó del mundo. Así de simple. Se enceró en un microcosmos privado. Siete años más tarde intentó suicidarse y al salir del hospital ya había cambiado. Su madre creyó entonces que ese cambio fue para bien… Alguien le había introducido en el Corán. El chico encontró amigos y un círculo social al que agarrarse. Una vida que vivir, relata su madre, Christianne.

Sus relaciones se ciñeron cada vez más a amigos musulmanes. Y él comenzó a querer cambiar las costumbres de su familia. Le irritaba que su madre bebiese vino en la mesa. Que no tuviera un hombre a su lado. Al poco tiempo, en 2013, Damian se fue a Egipto. En teoría a estudiar árabe y hacerse buen musulmán. El 23 de enero de 2013, dos hombres llamaron a la puerta. Le dijeron que eran agentes de la inteligencia canadiense. Damian no estaba en Egipto. Había viajado a Siria con sus compañeros de piso y se había unido a una rama yihadista Jabhat al-Nusra. Las semanas posteriores, la vida de Christianne, entró en una espiral de desesperación. Quería entender. Y se centró en encontrar a su hijo en internet, buceando en los sitios web yihadistas.

Y al poco tiempo. Su hijo le llamó. No había perdido el contacto del todo. En los siguientes siete meses las conversaciones se repetían y ella siempre caía en la insistencia e impaciencia de pedir a su hijo, primero, y rogar después que volviese a casa. Su caso saltó a la prensa danesa y la noche del 14 de enero de 2014, un periodista telefoneó a Boudreau para alertarle de un tuit que decía que Damian había sido ejecutado por el Ejército Sirio Libre. ¿Cómo se lo diría a su hermano Luke? Aquello lo sobrellevó ahogada en llanto. Unos días más tarde, el hermano, ocho años menor, publicó una frase en un hilo yihadista. Un mensaje de despedida y desahogo: “Te echo de menos. Ojalá no te hubieran matado”.

Lukas, otro joven robado a su madre, Karolina Dam, desde Copenhague, murió en el frente. A ella se lo comunicó un amigo musulmán de su hijo. Uno que ni siquiera podía mirar a la mujer a la cara y que lloró al decírselo. Y que luego le envío el hilo de un foro yihadista en el que aparecía la foto de Lukas con un kalashikov y una cita el Corán justo detrás, colgada en una pared. Tras ver decapitaciones, ejecuciones y cadáveres, Karolina en su desesperación por saber, encontró un post de Facebook que describía la muerte de Shaheed, el nombre musulmán de su hijo Lukas. “Que Alá acepte a nuestro hermano converso danés, de nombre Shaheed, llamado de entre los Shuhadah para reunirse con Alá“. Ella hizo un comentario en ese post y, como respuesta, recibió este mensaje: “¿Estás preparada para una noticia? Tu hijo está hecho pedazos”.

                

     (Imagen de un bebé utilizado por los yihadistas, como icono en un artículo que se reclama a las madres educar a futuros mártires)

Ella no pudo evitar mandarle a su hijo un mensaje de texto que ya nunca recibiría: “Lukas mi amado hijo, te quiero muchísimo. Te echo de menos y quiero abrazarte y olerte, sujetar tus manos entre las mías y mirarte sonriendo”. Solo un mes más tarde contestó otro joven soldado de Mahoma: “A él no se las vas a poder sujetar ya. Sujeta las mías, je, je, je”.

LAS FASES DE LA RADICALIZACIÓN 

Los testimonios se parecen mucho. Con ingredientes repetidos hasta poder construir una ruta a la radicalización yihadista. Responden a los mismos hechos. Y son muy parecidos a los que se dan con una secta religiosa. Según los expertos, primero, el recluta se siente eufórico porque al fin ha encontrado una forma de dar sentido al mundo.

Y cuando su familia y su entorno inmediato rechazan su mensaje, comienza la tensión en casa con discusiones sobre las costumbres de los demás, sobre sus patrones de conducta. Y actúa como censor y como juez de los actos de los demás. En ese punto, es cuando el converso decide irse. ¿Lo último? Deshacerse de sus posesiones y satisfacer el deseo de pasar a la acción. La violencia ya es la única solución.

Según el filósofo Fernando Savater, estos terroristas del ISIS, llegados desde Occidente o no, “son personas muy jóvenes, con edades truculentas, las edades a las que hace 80 años se afiliaban al partido Nazi y se mostraban orgullosos con el uniforme de las SS. Quieren ser poderoso héroes de aventura y distinguirse de la grey en las que se sienten hundidos. Con sociedades más educadas sería más fácil. La juventud se forma, pero no piensa demasiado. Y eso es un modelo que se exporta”. 

La radicalización se produce a menudo en el seno de pequeños grupos. Tal vez se conocen en la mezquita, empiezan a jugar al fútbol juntos, luego quedan para ir a escuchar a un determinado imán. Después comienzan a intercambiar enlaces del sermón, de un vídeo, etc. Y claro, internet permite una inmersión total en el mundo del yihadismo. El gran arma creada y el 'caballo de Troya' de ISIS, aunque son raros los casos de radicalización solo a través de la Red.  Aunque es en ese mar revuelto donde encontramos discursos que presentan al mundo musulmán como el víctima propiciatoria habitual del egoísmo y la avidez de Occidente. 

LA LUCHA DE LAS MADRES COMO EJEMPLO

En el magnífico reportaje de Julia Ioffe para Huffington Post se refleja cómo la experiencia de estas mujeres, su fortaleza y su figura nuclear en el seno de las familias puede ser el mejor freno para la pérdida de un hijo. Y es, además, muy importante en el islam salafista y yihadista. Mahoma dijo: “El paraíso se encuentra a los pies de las madres. A ellas hay que pedirles permiso para hacer la yihad o para decir adiós”.

Los expertos en procesos psicológicos de desradicalización aseguran que los antiguos muyahidines y las madres son el mejor 'arma' para separar a los aspirantes a yihadistas. Los hijos convertidos al islam y en claro proceso para acabar siendo mártires de la religión en Occidente, suelen tener un padre ausente y en familias musulmanas, la figura paterna no se involucra en la educación de los hijos. Es decir, son las madres el último parapeto y único soporte. Además, en hogares rotos por el fanatismo religioso y la muerte de un hijo en el frente, los padres sienten la pérdida como una vergüenza, de la que se culpan. Tienden a perderse. A evadirse y no pensar en ello. Mientras, al contrario, las madres se dedican a repasar y bucear en las vivencias del hijo ya muerto. Quieren comprender.

Quizá por eso podamos utilizar como ejemplo el trabajo de una ONG austriaca llamada Women Without Borders, que lleva trabajando tiempo en 'escuelas de madres' en países bajo el azote del extremismo islamista, como Pakistán e Indonesia, para enseñar a las madres a proteger sus familias de los 'ladrones de hijos del ISIS'. Y el grupo está construyendo otras cinco escuelas de madres en Europa. Por algo será. 'Mujeres sin Fronteras' -su traducción al español- promueve el papel de la mujer en la esfera de la seguridad a la hora de desafiar las ideologías extremistas violentas. Pretender enviar así un fuerte mensaje a todo el mundo sobre el hecho de que la sociedad civil puede y debe ser la primera línea de defensa contra las ideologías extremistas yihadistas.

LA DESRADICALIZACIÓN COMO UNA LUCHA CONTRA UNA SECTA

¿Qué hacer cuando un joven ya ha entrado en un proceso de captación? Como en el caso de las sectas, en el mundo existen diversas organizaciones y programas nacionales de desradicalización para desalentar el reclutamiento yihadista. Los encontramos en Europa: Suecia, Reino Unido o Francia; el sudeste asiático: Singapur o Indonesia -el país musulmán más poblado del mundo- u otros países que tradicionalmente han convivido con el rigor y el fundamentalismo religioso unido al terrorismo como como Arabia Saudí o Pakistán. 

Centrándonos en Europa, en 2008, el coordinador Antiterrorista de la UE designó a Dinamarca como país piloto para experimentar iniciativas que consiguieran separar a los jóvenes en peligro del yihadismo. El plan era extender sus enseñanzas a otros países de la UE. Pero poco se ha hecho en este frente. ¿Por qué Dinamarca? Allí, desde 2007 existe una iniciativa pionera implantada en la ciudad de Aarhus. Se basa en la acción combinada de los servicios sociales y policiales para rehabilitar y aprovechar las enseñanzas de individuos con tendencias extremistas y excombatientes que vuelven de países en los que han luchado en nombre de la yihad. 

En otros países estos programas no tienen un enfoque tan tolerante y abierto. Con Francia y Reino Unido a la cabeza. Pero iniciativas que busquen combatir la capacidad de proselitismo del ISIS, tanto en los países musulmanes como occidentales se antojan ya vitales. En toda Europa -En España ya se hace desde haca algunos años-, parece abrirse paso la política de detener, enjuiciar y, en su caso, encarcelar a laos nacionales que partieron en su día a hacer la yihad. No carece de sentido, puesto que esa militancia es asimilable a actividades terroristas.

Pero tanto o más que la fuerza militar y las bombas, la destrucción de sus bases, la capacidad de cooperación policial internacional, los programas económicos de ayuda para la recuperación de países como Irak, Libia o Siria, y los movimientos de geopolítica para superar las diferencias en Oriente Próximo y las guerras entre las sectas musulmanas chií y suní, resulta interesante comprender y contrarrestar el poder de fascinación del ISIS para muchos millones de jóvenes. ¿Una quimera? Puede. ¿Un trabajo a largo plazo para el que es necesario tiempo y mucho dinero? Seguro. Pero no hay que olvidar que, como dice Urra, “siempre hubo personas violentas, las hay hoy y también existirán mañana, actúen en nombre de ISIS o bien de otros radicalismos”.

Por poner un ejemplo, Dinamarca destina cada año para su programa de prevención unos 10 millones de euros. No parece tanto si queremos que no haya más madres llorando la ausencia de sus hijos.

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