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El Papa ha clamado contra la indiferencia ante “la masacre inútil” de las guerras al tiempo que ha pedido “la conversión del corazón” y pasar “al llanto” durante la misa celebrada esta mañana por todas las víctimas de la “locura de la guerra” de todos los tiempos en el mayor monumento militar de Italia.

En el escenario de Redipuglia, donde descansan los restos de más de 100.000 soldados muertos en la primera guerra mundial, Francisco ha expresado que “la guerra es una locura”, en el centenario de la Primera Guerra Mundial.

“La humanidad tiene necesidad de llorar, y esta es la hora del llanto”, ha afirmado al lamentar que hoy también haya tantas guerras. Con tono solemne, el pontífice ha denunciado que tras el segundo fracaso de una guerra mundial, “se puede hablar de una tercera guerra combatida por partes, con crímenes, masacres y destrucciones”.

Así, ha exclamado que la primera página de los periódicos debería llevar el titular: “¿A mí qué me importa?” al tiempo que ha recordado que esta actitud es justamente “lo contrario” de lo que Jesús pide en el Evangelio.

En su homilía, el pontífice ha denunciado que hoy se repite la guerra porque “hay intereses, estrategias geopolíticas, codicia de dinero y de poder” y ha afirmado que detrás también está la industria armamentística, “que parece ser tan importante”.

“Estos planificadores del terror, estos organizadores del desencuentro, así como los fabricantes de armas, llevan escrito en el corazón: ¿a mí qué me importa?”, ha añadido.

En el mayor monumento militar italiano dedicado a los soldados muertos en la primera guerra mundial, el Papa ha repetido en varias ocasiones la frase “a mí qué me importa” para clamar contra la indiferencia ante las guerras.

Y entonces ha advertido: “Con ese “¿a mí qué me importa?”, que llevan en el corazón los que especulan con la guerra, quizás ganan mucho, pero su corazón corrompido ha perdido la capacidad de llorar”.

Por otro lado, cuando ha recordado a las víctimas de la primera guerra mundial enterradas en el sagrario de Redipuglia, el Papa ha expresado que “sus vidas quedaron truncadas” y la humanidad dijo: “¿a mí qué me importa?”.

“LA GUERRA ES UNA LOCURA”

Visiblemente conmocionado, tras describir “la belleza del paisaje” de la zona, en la que “hombres y mujeres trabajan para sacar adelante a sus familias, donde los niños juegan y los ancianos sueñan”, el Papa ha afirmado que “la guerra es una locura” porque destruye “al ser humano” que es “lo más hermoso que Dios ha creado”.

Ante órdenes militares y autoridades civiles y religiosas, ha advertido de que la guerra lo “trastorna todo” incluso “la relación entre hermanos” y que su programa de desarrollo “es la destrucción”.

Así, ha señalado que “la avaricia, la intolerancia o la ambición de poder” son motivos que alimentan el espíritu bélico y ha denunciado que la ideología es una justificación. Por eso, ha lamentado que “la guerra no se detiene ante nada ni ante nadie: ancianos, niños, madres, padres”.

Previamente durante la visita al cementerio austro-húngaro, el Papa ha pedido expresamente que no haya “excesivas manifestaciones de alegría” porque se trata de “una oración por los muertos y de la invocación a la paz”. El pontífice ha querido marcar la visita al cementerio con el silencio y el recogimiento, ha rezado a solas durante un minuto y ha bendecido las tumbas del cementerio.

El avión oficial del Papa ha aterrizado en torno a las 8:50 de esta mañana en el aeropuerto Ronchi dei Legionari, donde ha sido recibido por el arzobispo de Gorizia (Italia), Mons. Carlo Maria Roberto Redaelli, por el primer ministro italiano Matteo Renzi y otras autoridades civiles. Tras la misa el Papa ha entregado a las órdenes militares presentes y a los arzobispos castrenses, entre los que estaba el obispo español Juan del Río Martín, la lámpara de la luz de San Francisco que será encendida en las diócesis durante la celebración de la conmemoración de la primera guerra mundial.

La lámpara proviene del Sagrado Convento de Asís y el aceite para encenderla, de la asociación que lucha contra la mafia en Italia, Libera, presidida por el sacerdote Luigi Ciotti.