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Cuando Marta Estrada tenía 11 años sus ojos se apagaron definitivamente. Llevaba desde los siete luchando contra una gran miopía y sucesivos desprendimientos de retina hasta que se produjo el que la dejó ciega. Pero no lo vivió de manera traumática.

?Dice que quedarse ciega fue incluso liberador.

?Me cuesta mucho explicar mis emociones cuando pasé de ver a no ver, pero la verdad es los problemas que había tenido con mis ojos me hicieron madurar. A pesar de tener siete años sabes que no puedes hacer actividades un poco bruscas; te tienes que cuidar y quizá ese rodaje hizo que yo no haya tenido nunca noción de un trauma. Además, no quería que mis padres sufrieran por mi culpa. Salí ciega del hospital pero seguía siendo yo. A partir de entonces pude jugar a más cosas, correr, saltar, hacer gimnasia… por eso hablo de liberación.

?Y empezó, como dice, a mirar «hacia dentro».

­? Mi padre me leía para entretenerme. Pronto aprendí Braille y empecé a leer sola. Eso me convirtió en una máquina de imaginar y sentía la necesidad de plasmar todas las historias en papel. Me sentaba en mi máquina de escribir [en Braille] y redactaba novelas, un poema, mi diario, cartas para mis amigas…

?Hasta que llegó ?Un refugio para Clara?. El libro arranca cuando Clara, traumatizada y hundida por sentirse culpable del accidente que ha dejado parapléjica a su hija, se pierde en plena ventisca y es recatada por Eric, un hombre huraño y sordo que vive con su perro en la montaña. Ambos inician una historia de amor que se abre paso entre el sufrimiento de ambos.

?Un reportaje en televisión sobre los perros señal [entrenados para ayudar a personas con discapacidad auditiva] me dio la clave para rescatar a Eric, un personaje guardado en mi memoria. Para esta novela decidí que fuera sordo, ya que tenía claro que quería escribir sobre la capacidad del ser humano para superar situaciones traumáticas y darle profundidad a esta historia.

?Pero su novela no es su testimonio personal, tampoco es un libro de autoayuda y ninguno de los protagonistas sufre la misma discapacidad que usted.

?Es cierto que reúne elementos muy poco frecuentes, pero es precisamente lo que quería destacar; quería ir más allá e indagar en otras limitaciones que no fueran iguales a la mía, que hubiera sido la asociación quizá más lógica. Lo realmente importante es que siempre prestamos atención a las discapacidades puramente físicas, pero también estamos rodeados de las emocionales, las que nos impiden amar, compartir, empatizar… y eso es lo que hizo que por primera vez un relato mío saliese solo, cobrase forma y me gustase de verdad. La verdad es que cuando tuve el libro en mis manos me emocioné mucho.

?A pesar de todo, se trata de una historia optimista.

?He decidido que quiero dedicar mi tiempo y mi esfuerzo a promover la esperanza, las emociones positivas. Tenemos dos alternativas ante las adversidades de la vida: estancarnos y encerrarnos o luchar por superarnos y convertirlo en un motor para seguir adelante.

?¿Por eso se toma las noticias sobre los avances contra la ceguera con serenidad?

?Exacto. Cuando salí del hospital parece ser que dije: «Mamá, no te preocupes que en 50 años podré ver». Todavía me quedan unos 15 de margen ?bromea? pero no me preocupa. Me han hablado a veces de chips y de más tecnología, pero no puedo vivir pendiente de todo eso porque creo que me impediría crecer como persona, que me anularía.

?Cuestión de actitud, sobre todo.

?La cantidad de recursos para gente con baja visión e invidentes son fantásticos; yo los uso. Facilitan enormemente tu vida cotidiana; algo fundamental para seguir adelante, pero lo esencial es no encerrarte, no bloquearte relacionándote solamente con personas que están en tu misma situación. Eso funciona para saber que no estás solo, para desahogarte en los peores momentos… pero vivimos en una sociedad. Ayudar a que formemos parte activa de ella es lo que yo quiero; crear círculos cerrados no nos lleva a ninguna parte. Las ayudas tecnológicas vienen después de haber asumido eso.