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Congresista por el estado de Georgia, Lewis, de 73 años, apuntó que los rótulos que separaban a blancos de negros en los sitios públicos del país ahora solo existen en libros, museos o películas pero, sin embargo, hay “muchos otros letreros invisibles”.

Citó entre ellos la pobreza y algunos problemas asociados a ella: hay “demasiada gente de color en las cárceles, atrapada en el sistema de justicia”.

“Cincuenta años después, tenemos que continuar combatiendo la discriminación en todas sus formas…alzar la voz y decir que no será tolerada”, enfatizó.

Lewis, que con 23 años fue el más joven de los diez oradores de la multitudinaria “Marcha por el Trabajo y Libertad” que tuvo lugar en Washington el 28 de agosto de 1963, describió con nostalgia su militancia con King por la justicia social.

“Fue para mi como un hermano mayor. Fue mi amigo, mi inspiración; se convirtió en mi héroe”, dijo el congresista demócrata por Georgia, uno de diez hijos de una pareja de aparceros de Alabama, en entrevista telefónica.

A King, relató, “le satisfizo ver cómo los jóvenes comenzaron las protestas… supo entonces que su mensaje y su método trascenderían en el tiempo”.

Pero la marcha que ayudó a organizar y que reunió a unas 250.000 personas -entonces un número sin precedente- topó inicialmente con el escepticismo del presidente John F. Kennedy, quien temía actos de “violencia y caos” que pudieran frenar una Ley de Derechos Civiles.

“Podías ver en su lenguaje corporal que no le gustaba la idea de que centenares de miles vinieran a Washington”, recordó Lewis, quien acompañado de otros cinco activistas aseguró a Kennedy en la Casa Blanca que la marcha sería “ordenada y pacífica”.

El discurso del entonces joven orador -que lógicamente quedó en segundo plano- defendió el derecho al voto y la eliminación de las trabas que exigían a los negros el pago de un impuesto y prueba de alfabetización para ejercerlo.

“En algunos lugares, la gente hacía largas colas para los llamados 'exámenes de alfabetización', y aún a los profesores de secundarias y universidades se les decía que no sabían leer y escribir lo suficientemente bien”, observó.

Lewis comenzó su activismo a los 19 años, poco después de conocer a Rosa Parks y a King, convertidos después en verdaderos iconos de la lucha contra la segregación.

Como líder del Comité Coordinador Estudiantil por la No Violencia (SNCC), participó en las “freedom rides”, los recorridos en autobús en el sur del país en contra de la discriminación en el transporte público.

Venció el miedo y soportó palizas, decenas de arrestos, y prisión porque “alguien tiene que luchar, y gente como Rosa Parks y el doctor King nos dieron inspiración”.

Lewis resultó herido en el Puente Edmund Pettus en la marcha de 1965 de Selma a Montgomery, en Alabama, que ante la brutalidad policial pasó a la historia como el “Domingo Sangriento”.

Para Lewis, era inaceptable, inconcebible, que los negros “que lucharon en la Segunda Guerra Mundial por nuestro país, por la democracia en Europa, por la libertad de otros, no la disfrutaran en Estados Unidos”.

Ganador de la Medalla Presidencial de la Libertad y congresista durante casi 30 años, Lewis cree que la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca es importante pero no suficiente y que las minorías deben seguir luchando por la igualdad de oportunidades.

Lewis defiende la legalización de los once millones de indocumentados que se calcula hay en EEUU, reforzar la Ley del Derecho al Voto de 1965, y que las minorías aumenten su participación como votantes y como candidatos en todas las esferas del Gobierno.

Las minorías deben unirse y crear un “poderoso movimiento que, tal como hizo el doctor King, no solo libere a un pueblo sino que libere a una nación”, argumentó.

“Tenemos que caminar juntos, los negros, los hispanos, los asiáticos, los indígenas americanos y los blancos de buena voluntad porque, como dijo (otro líder) Asa Philip Randolph hace 50 años, 'Quizá nuestros antepasados vinieron a este gran país en distintos barcos, pero ahora todos estamos en el mismo barco'”, resaltó.