sábado, 8 agosto 2020 3:11

La Puerta del Sol, donde se cruzan los caminos

Una mañana cualquiera de agosto, japoneses, chinos, gente de paseo, personas con prisa, gente de traje o vestida para patrullar las calles en busca de monumentos vienen y van en un mismo espacio, mientras dos policías se abren paso a caballo entre los más de veinte compradores de oro que entonan sus gritos de guerra.

Mientras tanto, Bob Esponja y una Tortuga Ninja se hacen una foto con una niña, y el entrañable Luigi, el amigo de Mario Bros, reconoce a Efe que está “muy contento” con sus compañeros, los restaurantes de alrededor y, sobre todo, con los turistas, aunque explica que ha bajado el número de gente que le da dinero debido a la crisis, que -dice- azota “sin piedad” a todos.

A unos metros, dos familias luchan por una fotografía al lado del Oso y el Madroño, y decenas de personas se agolpan en torno a la estatua ecuestre de Carlos III, en el centro de la plaza, convertida ya en el lugar de encuentro más característico de la capital.

Alfonso, uno de los loteros de la ONCE en Sol, admite que en la plaza “más famosa de Madrid” hay “muy buena gente, siempre dispuesta a echarte una mano”. Aun así, asegura que si por algo es conocida esta zona es por las muchas personas dispuestas a “echarle una mano a los bolsos” de los paseantes.

El dueño de uno de los kioscos dice que ve mucha gente, pero “todos sin un duro” y que si no fuera por los turistas no podría salir adelante. De hecho, admite que, tras las manifestaciones “multitudinarias” del 15M (mayo-junio de 2011) ha tenido que pedir varios préstamos y que “todavía está saliendo del bache”.

Una joven pareja de profesores británicos destaca a Efe que han encontrado gente “muy distinta” y un tinerfeño que los acompaña reconoce que “el ambiente lo da la diversidad”.

Unos turistas argentinos de mediana edad, que portan una cámara de vídeo, admiten que lo primero que han hecho al llegar a Madrid ha sido visitar “tan concurrido” lugar, donde lo que más les sorprendió fue la cantidad de muñecos -Bob Esponja, Tortuga Ninja, Luigi- que “pululan” por la zona.

Entre el calor y la prisa que predominan en agosto en la Puerta del Sol, un autobús de donación de sangre se sitúa en la plaza. El enfermero Vicente cuenta a Efe que, al haber tantos tipos de paseantes tienen “muchos donantes”, aunque la “inseguridad” que provocan los ladrones “es lo peor” del escenario de las campanadas de fin de año.

Muchos niños, acompañados por sus padres, se divierten con los globos que les han dado los muñecos y las estatuas de la plaza y posan con Mickey y Minnie Mouse.

A mediodía, la actividad se ve impulsada por las personas que salen de trabajar, las que hacen turismo en unas de las horas más calurosas del día, las que se han citado para tomar algo en las terrazas y las que hacen compras en las calles que salen de Sol.

Los reporteros de un programa de televisión han elegido este lugar de tránsito para recoger declaraciones de algunos viandantes, que se quejan ante la cámara de las consecuencias de la crisis económica.

Por la tarde se forman corrillos en torno a unos hombres que, subidos a unas banquetas, pronuncian discursos políticos y religiosos, mientras representantes de instituciones de caridad reclaman ayuda a los madrileños.

Una mexicana “de tour por Europa” cuenta que lo que más le ha gustado ha sido “la noche madrileña que nace en Sol” y, lo que menos, “la cantidad de indigentes” que transmiten “muchísima tristeza y preocupación”.

Entre los locales de cambio de divisas y un reloj de cuenta atrás de la Basketball World Cup, los “relaciones públicas” y las personas anunciantes de los negocios de “compra de oro” intentan repartir panfletos a los viandantes, que van con sus bolsos agarrados con fuerza para evitar los robos.

Papá Pitufo y Spiderman saludan a una joven que pasea a unos perros, al tiempo que una treintena de brasileños atiende a un guía que señala la estatua de Venus.

Y así, poco a poco, los destinos de miles de personas se cruzan frente al reloj al son de cuyas campanadas damos la bienvenida a cada año. Irene Sanz Duva.

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