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El cirujano, Ricardo Uribe, tuvo que realizar la intervención al aire libre, en la azotea del Hospital Militar de Bogotá, y ataviado con un traje anti-explosivos, dada la posibilidad de que la granada pudiera explotar durante la operación. 

La granada se había incrustado de forma accidental
en la pierna de un soldado de 18 años, que permaneció cuatro
horas con el explosivo en su cuerpo
sin estallar.


Varios artificieros
acompañaron al médico
durante la intervención. Una vez retirada la granada, ésta fue entregada
a expertos que la detonaron de forma controlada en otro lugar.