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El protagonista de las más disparatadas películas de acción jamás se llevaría a casa un galardón como el que premia los valores humanos. Como mucho optaría a la medalla al bailarín con menos sentido del ridículo, capaz de dar palmitas y contonearse con espagar y todo.

Para mantener intacta su masculinidad, a Jean-Claude Van Damme no se le ocurre mejor idea que atizar a todo el que se le acerca, especialmente si es un villano de ojos rasgados. Los malos se ponen en fila india para recibir sus azotes y no le dejan terminar sus chupitos hasta haber repartido los mamporros correspondientes.

Lo mejor es su salida estelar, abandonando el tétrico bar dando tumbos y con la dignidad por los suelos. Un gran icono ochentero.