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Pilar Coll es una española que lleva treinta años trabajando con presos en las cárceles de Perú, convencida de que "si los Derechos Humanos se violan en todas partes, en
las cárceles está el emporio de estas violaciones, a las que hay que
añadir los abusos y arbitrariedades de la administración de justicia".

Esta menuda, activa y casi octogenaria aragonesa recibe hoy por su comprometida y desinteresada labor, la Medalla de la Defensoria del Pueblo de Perú, un reconocimiento a una vida dedicada a la defensa de los derechos que tienen todos los seres humanos.

Víctimas de conflictos internos, presos comunes y condenados por terrorismo han recibido la ayuda y la atención de Coll, que llegó a Perú hace 41 años para dirigir una residencia universitaria que nunca existió y que decidió, hace mucho tiempo, "dejar sus huesitos" en el país andino peleando por los Derechos Humanos.

Una vida pensando en los demás 

Su vocación en defensa de los derechos humanos se reforzó con el estallido del conflicto interno que asoló Perú entre 1980 y 2000, cuando se vivieron "momentos muy duros" y en los que se hubiera sentido "un poco desertora" de haber abandonado el país. Pero esta misionera laica decidió quedarse en Perú en un momento "muy difícil", en el que se encontró con "muchos pleitos sin buscarlos" como secretaria ejecutiva de la Coordinadora Nacional de los Derechos Humanos, entre 1987 y 1992.

"Viajé mucho a las zonas de emergencia y era una figura bastante incómoda para todos: para Sendero Luminoso porque éramos defensores de unos derechos que consideraban burgueses, y para las fuerzas del orden y los gobiernos sucesivos pues porque éramos una piedrecita en el zapato", afirmó Coll. Pero las motivaciones estaban claras: "teníamos que decir lo que pasaba, había muchos desaparecidos, muchas ejecuciones extrajudiciales, y bueno, no se podía callar frente a eso".

Su trabajo, reconocido por todos  

A lo largo de todos estos años, Coll trabajó para mejorar la situación de los internos y lograr la salida de la cárcel de aquellos que se encontraban en prisión de manera injusta, un trabajo en el que logró, junto a otras personas "que también tiraron del carro", el indulto a más de 700 presos injustamente condenados.

Esta labor constante ha hecho de Coll una figura reconocida incluso por los presos por terrorismo con las condenas más altas, y aún convencidos de sus acciones, como Elena Iparraguirre, esposa del fundador de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán.

Pese a todo el trabajo realizado en tantos años de lucha en defensa de los derechos humanos, Coll señaló que hubiese querido "ver mayores resultados", una situación que la hace pensar que "en algunas ocasiones he estado arando en el mar". Pero reconoce que también se han conseguido algunas cosas, como una mayor conciencia social respecto a la existencia de derechos que hace que abusos cometidos en el pasado "no puedan volver a suceder".
Esta circunstancia hace que Coll, que en 1993 fue condecorada con la Orden de Isabel La Católica por el rey Juan Carlos I, sienta a veces satisfacción, pese a que le "gustaría que se hubiera avanzado mucho más en una sociedad con menos diferencias".