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Con ese titular puede parecer que voy a soltar un truño del quince, pero pueden estar tranquilos. Ahora lo entenderán. Lo digo porque he cumplido los sesenta y en este peldaño empiezas a notar que la vida te sisa reflejos, te escaquea la memoria y te cansa la vista, pero tiene sus compensaciones. 

Lo de los reflejos se nota en que te cuesta más llegar a la pelota que te tira el que está al otro lado de la red, pero lo remedias con una buena colocación anticipatoria, porque la veteranía te da un cierto olfato que te permite saber dónde la va a tirar el cabroncete; se llama intuición.

Lo de la memoria es cierto, pero la más afectada es la reciente, la de cómo se titulaba la peli de ayer, o dónde he puesto yo el cargador del móvil, pero no la de cuando di el primer beso o qué hice yo el 23 F del año 81.

 Por eso, porque dispongo de los datos de varias decenas de años, por más que los tenga maquillados o displicentes, me considero más sabio que los que los tienen lustrosos pero escasos de recorrido; lo digo porque la inteligencia sin memoria es como un potro sin riendas.

Y lo de la vista cansada, la presbicia, se remedia con gafas. Es un rollo, evidentemente, pero nada serio. Igual que tienes que darle al cuchillo y al tenedor si quieres apretarte un chuletón, pues si quieres leer, te pones las gafas; nada del otro mundo.

 Peor lo tienen los que padecen de carencias en el olfato, o en el tacto, y no te digo nada en la inteligencia y en la intuición, que para eso no hay gafas. Solo tienen la ventaja de que no se les nota; si tú coges un libro y no tienes las gafas, todo cristo se percata de que no ves un carajo. Pero si tú no tienes paladar, pero haces huuum tras meterte la cuchara en la boca, o si acaricias la mano de alguien y sientes lo mismo que si tocaras una piedra de granito, pero lo haces sonriendo, nadie sospecha de tu pequeña minusvalía.

 Con la inteligencia ocurre algo más complejo. Alguien dijo que con los tontos pasa como con los muertos, ellos no sufren, pero los que les rodean, sí. Hay excepciones, la más preocupante, por frecuente y por peligrosa, es la de los que pertenecen a una secta; llámense incondicionales, feligreses, hooligans, talibanes, fanáticos o independentistas, me da igual. De los peores son, me parece a mí, los fariseos

Hace poco una lideresa política del nuevo partido de la izquierda cabreada, nos ha querido dar ejemplo con un “portavoza”. Y anda bien de reflejos, de memoria y no tiene presbicia. 

Lo de “portavoza” es una gilipollez sin más, como las que a diario escuchamos de este palo y de otros; más grave fue cuando a una mente preclara se le ocurrió sustituir el unidos podemos por un desafortunado unidos y unidas podemos, dado que lo que se proponía decir el ínclito era lo contrario de lo dicho: unidos y unidas es unidos ellos y unidas ellas, pero desunidos ellos de ellas. Disparate total que muy pocos apreciaron.

 O, como ayer decía alguien en un medio: si dices que Fulanita es la mejor arbitro del mundo te refieres a todos los árbitros, pero si dices que es la mejor arbitra, se entiende que solo lo es del colectivo femenino. 

Lo malo es lo que se puede detectar detrás del anecdotario; el paraíso de los que te dicen sin decírtelo, con gestos ejemplares, como las viejas beatas de mi época de niñez, que no eres lo bastante bueno con dios, que eres un pecador que no rezas suficiente y no guardas la vigilia ni respetas la liturgia.

 Si todo el tiempo que gastan los políticos en repetir masculinos y femeninos a lo largo de un año lo juntaran, sacarían un buen puñado de horas para pensar en medidas concretas con las que combatir el machismo, y las mujeres estarían más cerca de la igualdad plena y nuestros oídos más libres de los acúfenos de la verborrea.

Tato Cabal. Escrito y gestor cultura.