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P.En Los Ándes estuviste a punto de morir, pero no ha sido esa la única ocasión en la que tu vida ha corrido peligro.

R.Quién me conoce sabe que llevo toda mi vida, ya desde niño, metiéndome en líos y corriendo aventuras. Esto es genético, parece ser, que las personas a las que nos encanta el riesgo y la aventura, tenemos un gen que nos trastorna, que el resto de las personas no tienen. Creo que como neuro biológicamente no hemos evolucionado nada desde los neardentales hasta hoy, pero en aquella época, para comer había que cazar, pelear con los animales y asumir riesgos, creo que algunos de nosotros no hemos perdido ese gen y la vida normal nos parece muy aburrida, necesitamos esa dosis de adrenalina.

P-Tu “renacer”, comienza en perú, en un viaje de aventura, junto a dos amigos.

R- Si, decidimos ir a Perú, Carlos y Wily, amigos de alma, a realizar un viaje de aventura. Allí, hicimos el Camino Inca desde el Kilómetro 48, recorriendo toda la montaña, hasta llegar a Machu Picchu. También hicimos un descenso por el río Apurímac, 4 días metidos en un río para los amantes de los descensos, con nivel 5 de peligro y de dificultad.
Nuestra intención era, en los últimos días de viaje, descansar en Arequipa, haciendo turismo cultural y gastronómico.
Pero en el momento que aterrizamos en en aeropuerto de Arequipa, al bajar del avión, miramos hacia atrás y vimos como se levantaba imponente el Nevado Chachani, una montaña de 6100 metros. Entonces, uno de mis amigos dijo aquello de “…ya que estamos aquí…¿porque no subimos esa montaña?” Lo cierto es, que no teníamos ni el tiempo, ni la preparación, ni la experiencia, ni la aclimatación, ni el vestuario, ni nada, para hacer poder hacer aquello. Era una locura.

P-Algo, dentro de tí te avisó en aquel momento de que no fueras al Nevado Chachani.

R-Yo no suelo tener miedo ante estas situaciones, pero me sentí raro, tuve un escalofrío, una sensación de desasosiego, algo me decía que no debía subir a esa montaña. No me atreví a decir nada, porque pensaba, sinceramente, que, de camino al Hotel, ya se les habría olvidado la historia. No fue así, y cuando llegamos al Hotel dijeron “Venga vamos…” y yo, dije que si.

P-¿Os resultó complicado encontrar un guía dispuesto a llevaros en tan poco tiempo y en las condiciones que ibais?

R-Pretendíamos encontrar un guía lo suficientemente loco o inconsciente, dispuesto ha hacerlo. Lo primero que nos preguntó el guía es que de cuánto tiempo disponíamos. Para quién no lo sepa, por encima de los 3000 metros, cada 300 metros, que te elevas, tu cuerpo necesita un día de aclimatación, nosotros pretendíamos hacer un ascenso de 3000 a 6100 en un sólo día.
El guía nos dijo que aquello no era posible, pero le insistimos tanto, que al final pensó que si no era él, sería cualquier otro y aceptó llevarnos. De esta manera arrancaba una aventura que pudo costarnos la vida a los tres, y que finalmente casi me cuesta la mía.

P-En un momento dado, tu cuerpo empieza a notar ese mal de altura y tu decides que si quieres seguir con vida, tienes que descender…¿que pasa por tu cabeza en ese momento?

R-Habíamos llegado a 5200-5300m y habíamos puesto las tiendas para pasar la noche, nos pondríamos en marcha de nuevo a las cuatro de la madrugada, la idea era hacer cumbre y bajar a toda velocidad hasta el punto de recogida.
A las 7 de tarde, hacía una hora que había anochecido, estábamos a muchos grados bajo cero, sin la ropa adecuada y sin habernos aclimatado, comencé a tener una taquicardia muy fuerte. Quien no ha tenido una taquicardia no sabe lo que es, notas como el corazón se te sale del pecho. Al principio, pensé que se pasaría, pero al cabo de una hora, seguía igual. Sabía, perfectamente, que no podía mantenerme con esa taquicardia mucho más tiempo, porque en un momento, el corazón se pararía y ya no volvería a arrancar. Entonces comprendí que para salvar mi vida, debía descender.

P-Decides abandonar el campamento en mitad de la noche tú sólo? ¿nadie trató de impedirlo?

R-El guía lo intentó, pero le expliqué que si me quedaba me moría. Hay una ley no escrita en la montaña que dice que cada uno toma sus propias decisiones, y yo tomé esa decisión.

P-Eras consciente del peligro y el riesgo al que te ibas a enfrentar caminando solo hacia ninguna parte, en mitad de la noche, en la cordillera de los andes?

R-Era perfectamente consciente de que me iba a morir si me marchaba de allí, de noche.

P-¿Y si te quedabas?

R-Si me quedaba, me moría en ese momento. El instinto de supervivencia te dice, que aunque sabes que vas hacia una muerte segura, te tienes que ir, porque lo que no quieres es que suceda en el momento en el que lo estás pensando.

P-Te marchas, además sin agua.

R-Sí, me voy sin agua, porque en ese momento, el agua que llevábamos en botellas de plástico, se había convertido en bloques de hielo. Cuándo yo decido irme, tenía nula sensación de sed ¿para que llevar agua?.

P-Sin ropa adecuada, sin agua, sin saber hacia dónde caminar y rodeado de oscuridad, comienzas el descenso y lo que también desciende es la temperatura. ¿Cómo responde el cuerpo humano a un frío tan extremo?

R- El frío te genera un dolor y un nivel de sufrimiento insoportable, no puedes huir, no te puedes esconder, sólo te puedes enfrentar a él.
En el libro cuento cómo, realmente no estás luchando contra el frío, estás luchando contra tu propia mente, hay una parte de ti que te dice que este sufrimiento se termina si te duermes y te dejas ir, obviamente, si haces eso, mueres de hipotermia.
El concepto de frío que vivimos aquí en España es una broma, tenemos ropa y herramientas para luchar contra él. Ésto lo comenté con Nando Parrado y estaba de acuerdo conmigo en que, la gente no sabe lo que es el auténtico frío.
Aquella noche fue tremenda, porque fue una lucha contra mi mismo para resistir y no dormir, no rendirme para no morir.

P-Además del frío, tuviste que luchar contra otro enemigo, el tiempo, que tu mente distorsionaba dilatándolo hasta extremos inverosímiles.

R- Una de las cosas que me volvió loco esa noche, fue esa, la distorsión del tiempo. Al principio empecé a hacer ejercicios musculares para estar concentrado en algo, para no dormirme, pero, de repente, miré mi reloj cuando pensaba que había pasado media hora y lo que realmente había pasado era un minuto. Fue tremendo, pensé que era una cosa momentánea, seguí con los ejercicios y cuando pensé que sí, que había pasado media hora, me dije, “espera no mires el reloj, espera y así cuando lo mires habrán pasado 45 minutos”. Cuando volví a mirar mi reloj, sólo había pasado otro minuto. El nivel de sufrimiento era tal, que cada minuto de reloj, para mi eran 30 o 40 minutos de sufrimiento, Llegó un momento en el que decidí que no podía volver a mirar el reloj. Lo tiré, porque si no me volvía loco.
Cuando escribía el libro, calculé cuánto duró para mi esa noche, multipliqué uno por treinta, por sesenta minutos que tiene una hora, por siete horas y media…. Para mí, esa noche duró nueve días y medio, nueve días y medio de sufrimiento absoluto. Mientras realizaba este cálculo para el libro, lloré.

P-Pero, a pesar de todos tus esfuerzos, te duermes.

R-Me quedo dormido dos veces esa noche, sin poder evitarlo, porque lo que realmente me estaba sucediendo era que me estaba muriendo, el frío me estaba matando. La primera vez, yo sentí como una mano me tocó la cara, la primera no me di cuenta, pero sentí que recibía un mensaje, de alguién, no se de quién, que me decía: “Miguel Angel, no estás sólo”. La segunda vez, ya casi congelado, me volvió a despertar y entonces me di cuenta de que si esa mano no me hubiese tocado, yo me hubiese muerto esa noche.
Muchos montañeros, hablan del “tercer hombre”, que en situaciones de vida o muerte, en las grandes cumbres en circunstancias similares, ven o sienten a alguién que les hace despertar del letargo o que les hace levantarse y seguir caminando.

P-La soledad, es otro gran enemigo al que te tuviste que enfrentar.

R-La soledad es la gran enfermedad y yo viví esa soledad de una forma terrible, porque, no es que estuviera sólo, es que además me iba a morir solo. Nadie sabía que estaba en riesgo de muerte. Viví este sentimiento de soledad absoluta…Una de las cosas que debemos hacer todos es intentar evitar la soledad de otros seres humanos…

P-Termina la noche y sigues vivo, con los rayos del sol que ¿pasa por tu mente?

R-Yo era consciente de que una segunda noche no podía sobrevivir. Había perdido mucha agua, no estaba herido y no me dolía nada, estaba sano, pero sabía cuando iba a morir, en que franja de horas iba a morir. Entonces, hice un ejercicio de despedida de la vida, de mi familia, de pensar en el horror de mi familia recibiendo la noticia de que yo estaba muerto,

P-¿Fue un milagro lo que ocurrió esa noche en los andes?

Yo hablo de milagro, entendido como un hecho extraordinario que no se puede explicar y que en un momento dado sucede. Para un católico, será un milagro tal y como lo entiende la religión católica, para los habitantes de las montañas serán los Apus, otro puede pensar que es el yo superior o la conciencia universal, yo no entro explicarlo en el libro.
Cuando el hablé de lo sucedido con el guía, me reconoció, que para él yo era hombre muerto desde que salí del campamento, que su intención era la de dejar a mis amigos a salvo en el hotel, y organizar una expedición para salir a buscar mi cadáver. Me dijo que él había vivido muchas cosas en la montaña, cosas inexplicables, pero que tras escucharme, tenía la certeza de la existencia de Dios.

P¿Cómo te cambia ésta experiencia?

Esta experiencia me hizo reflexionar, sobre las cosas que son más importantes para todos los humanos, la familia, el amor, el miedo, la amistad, la muerte, los milagros…Reflexiones que, aparecen al final del libro, con la intención de que quién lea el libro pueda reflexionar conmigo sobre todas estas cosas y sacar algunas enseñanzas que ayuden al lector a escalar sus propias montañas.

P-Nando Parrado, uno de los supervivientes del avión que se estrelló en Los Ándes en 1972, hace el prólogo de tu libro. ¿Cómo reacciona cuando le cuentas tu historia de supervivencia?

R- Nando dijo: “No me quiero ni imaginar lo que pasaste Migue Angel, porque tú estabas solo, nosotros éramos un grupo”.

P- Te habrás preguntado muchas veces a lo largo de estos 13 años ¿porqué sigues vivo?

R-No lo se, no se porqué en circunstancias similares unas personas sobreviven y otras no. Yo me pregunto porqué yo salí vivo. Dos semanas después en ese mismo lugar, murió otro montañero en similares circunstancias. No tengo respuesta a porqué salí vivo.Lo único que puedo hacer es vivir en consecuencia, sabiendo que estamos aquí de paso, que estamos para intentar dejar una huella positiva para el día que nos vayamos. Estamos en comisión de servicio, que para todos es la misma y que se basa en dar amor y en ayudarnos los unos a los otros.