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Comienzo por felicitar al Girona Fútbol Club, que ayer empató con el Málaga, afianzando su posición en el centro de la tabla, lo que no está nada mal para un equipo modesto que disfruta por primera vez, en sus casi cien años, de la competición con los mejores

. No puedo renunciar a mis preferencias, pero en este disparate en que se ha convertido hoy el negocio del balompié los equipos humildes me producen francas simpatías. Todo el mundo sabe que hablo del Girona, club de futbol de la ciudad de Gerona. 

Aclaro, a continuación, que, el hecho de que ya no se me irriten las meninges ante el uso generalizado de los topónimos Girona, Lleida, A Coruña y Ourense cuando se habla en español, no quiere decir que los haya sacado del catálogo mental de Supinas Estupideces de la Hispanidad.

 No soy capaz de imaginarme esa situación al revés; ¿se figuran ustedes que alguien pudiera proponer en el Parlament que, por decreto, se deba decir en catalán Zaragoza, y no Saragossa como hasta ahora? El autor del despropósito sería sacado del hemiciclo en camisa de fuerza con el beneplácito de todos los partidos, repito, todos los partidos, por razones evidentes.

Es innegable que ciertos representantes de la clase política cometieron una insensatez de antología con la inclusión de esos términos en el Nomenclátor Geográfico Nacional del Ministerio de Fomento en español, o castellano, que es lo mismo. Con eso quedaba establecida la obligatoriedad de escribir así esos topónimos en los documentos oficiales y subsiguientes, como los indicadores de la DGT.

 La cosa no debería pasar de ahí, pero es que, en gratuita ampliación del despropósito, esta nomenclatura ha sido adoptada por los medios de comunicación (y libros de texto, publicidad, etc.) sin estar obligados a ello, a pesar de que la RAE no se cansa de decir que en español Gerona es Gerona, Lérida es Lérida, La Coruña es La Coruña y Orense es Orense.

Viene esta reflexión a cuento de la revelación que hace hoy Javier Cercás. En 2012 publicó una novela que se desarrollaba en Gerona, donde él vivía, y quiso hacer la presentación en el Ayuntamiento. Era alcalde, por entonces, Carles Puigdemont, que puso a disposición de la editorial una sala y se ofreció él mismo para presentar el libro. Tenían ambos, edil y escritor, cincuenta años, de lo que se colige que los dos habían cumplido los trece cuando murió el dictador Franco. 

A Cercás se le ocurrió abogar por que se volviera a decir Gerona, en castellano, y aquí pongo comillas: “igual que, cuando hablamos en catalán, decimos “Nova York” o “Milà” o “Saragossa” y no “New York” o “Milano” o Zaragoza. Puigdemont, prosigue Cercás, que hasta entonces se había comportado con normalidad, inundó la sala con una densísima polvareda de palabras a través de la cual apenas pude vislumbrar con claridad tres cosas. 

La primera es que no le había gustado absolutamente nada mi propuesta. La segunda es que en su brevísima contestación había usado la palabra “Franco” cuatro o cinco veces por lo bajo. La tercera es que parecía haber esgrimido el siguiente razonamiento: dado que la dictadura había perseguido el catalán y había impedido hacer un uso oficial del topónimo “Girona”, ahora, para compensar ese atropello, había que decir “Girona” también en castellano, fuese o no fuese correcto”.

¿Qué les parece? Y esto ocurrió hace mas de cinco años. Esta anécdota es reveladora de la mentalidad, si es que alcanza tal categoría, del ínclito independentista; no tiene ni pies ni cabeza, aunque tiene los pies en polvorosa y a Franco en la testuz.

Tato Cabal. Escritor y gestor cultural.