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El casco antiguo de Logroño alberga una de las tiendas de artesanía con más solera de la ciudad, en las que Barbero ha seguido con la tradición familiar de su padre y su abuelo para constituirse, en la actualidad, en el único botero de La Rioja y en uno de los pocos que hay en España, de acuerdo con sus datos.

En su establecimiento, Barbero, que heredó este oficio en 1955 de manos de su padre, quien lo recibió en 1928, trabaja distintos tipos de pieles y materiales para crear, con sus propias manos, las botas de vino que tanto caracterizan a la tierra del Rioja y que demandan y despiertan la curiosidad de miles de personas, tanto españolas como extranjeras.

Ha explicado que entre los turistas que adquieren las tradicionales botas de vino riojanas están los que recorren el Camino de Santiago, donde Logroño es un enclave destacado.

Con el tiempo, la artesanía ha ido evolucionando, como lo ha hecho la ciudad y sus habitantes, por lo que Barbero ha tenido que ir desarrollando nuevos productos y nuevas fórmulas que le permitieran seguir creciendo al compás de Logroño.

Ha rememorado el trabajo de sus antepasados en este arte a través de antiguas fotografías y artículos que aún conserva en la tienda para explicar que, aunque la elaboración de las botas se hace de forma manual, ha evolucionado y puede seguir ofreciendo “el mismo producto, aunque acorde a las necesidades de la nueva sociedad”.

Por ello, ha señalado que, antaño, las botas de vino se hacían con pez en el interior y se forraban con piel, pero en la actualidad se elaboran con látex y se recubren con diferentes tipos de pieles.

Esta evolución se ha debido al desarrollo de la sociedad y al cambio de ritmo de vida, según Barbero, quien se ha referido a la diferencia entre las botas de pez y de látex.

Las botas de pez hay que usarlas a diario, solo con vino y son frágiles, por lo que requieren un cuidado especial; mientras que las de látex pueden usarse de manera esporádica, aceptan otro tipo de bebidas y no requieren tanta atención.

Cree que es el único botero de España que borda las botas y las decora al gusto del cliente, lo que ayuda a hacer de su bota un producto “único y personal”.

En este sentido, ha indicado que “puede que ese sea el secreto de la supervivencia” y ha subrayado que si se hubiera quedado solo con la elaboración de las antiguas botas de pez, “jamás” hubiera sobrevivido el negocio, por lo que ha considerado que “hacer cosas nuevas y reinventarse es esencial”.

Ha recordado que, en su juventud, cuando aún trabajaba con su padre, había bastantes más artesanos de los que actualmente quedan y ha añadido que, desde que empezó en este oficio, ha conocido a quince boteros en La Rioja, de los que no ha continuado ninguno.

Tampoco lo han hecho los hijos de esos artesanos porque, para Barbero, la artesanía “no está valorada ni tampoco pagada”, a lo que ha sumado que es “un oficio duro, que tiene que gustar”.

Barbero cree que el arte del botero, como cualquier otra artesanía, se está perdiendo en España, aunque aún queda alguna feria y algunos artesanos vocacionales, como él, que han querido seguir en el oficio.

Ha destacado que, aunque es una realidad el proceso de desaparición de la artesanía, hay algunos que retornan a ella, pero no por gusto, sino porque “no hay otro trabajo”.

Este artesano ha puntualizado que no se arrepiente de la vida que ha elegido y ha tenido la perspicacia de ver que la sociedad cambiaba y con ella sus necesidades, por lo que este oficio y él han logrado transformarse y otorgar un nuevo uso a las botas y a los productos que se derivan de ella.

Andrea Extremiana