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La modulación de la microbiota intestinal contribuye a los beneficios del ejercicio en obesidad temprana

La modulación de la microbiota intestinal contribuye a los beneficios del ejercicio en la obesidad temprana y la enfermedad de hígado graso no alcohólica, según concluye un estudio colaborativo del Instituto de Biomedicina (IBIOMED) de León y del CIBER de Enfermedades Hepáticas y Digestivas (CIBEREHD).

La obesidad infantil se ha convertido en uno de los más graves problemas de salud de este siglo, en gran parte como resultado de hábitos alimentarios no saludables y sedentarismo en los niños. En consonancia con el aumento de la obesidad en los niños, la enfermedad de hígado graso no alcohólica (EHGNA) representa la principal causa de enfermedad hepática crónica, con una alarmante prevalencia del 40-70 por ciento entre niños con sobrepeso/obesidad que viven en países occidentales.

Existen pruebas que respaldan la importancia de la microbiota intestinal en los trastornos metabólicos relacionados con la obesidad y las enfermedades hepáticas y se sabe que las situaciones de disbiosis alteran la integridad de la barrera intestinal, permitiendo la translocación de productos bacterianos que alteran el eje intestino- hígado e inducen vías de señalización implicadas en la progresión de la EHGNA. La ausencia de tratamientos farmacológicos eficaces y los conocidos efectos modulatorios del ejercicio sobre la microbiota intestinal abren una ventana atractiva para la búsqueda de nuevas aproximaciones terapéuticas.

Con el objetivo de descifrar la contribución de la microbiota intestinal a los beneficios del ejercicio en la obesidad infantil, el equipo de Sonia Sánchez Campos del IBIOMED y del CIBEREHD, perteneciente al grupo de Javier González Gallego, ha estudiado el efecto de un programa de entrenamiento combinado de fuerza y resistencia de 12 semanas en pacientes pediátricos obesos.

Treinta y nueve niños obesos fueron asignados al azar al grupo de control o de entrenamiento. Los datos obtenidos pusieron de manifiesto que el ejercicio redujo los niveles de glucosa plasmática y aumentó la fuerza dinámica en las extremidades superiores e inferiores en comparación con el grupo de control obeso. El análisis metagenómico reveló una composición bacteriana asociada con la obesidad, mostrando cambios a nivel de filo, clase y género. El ejercicio contrarrestó la disbiosis, dando lugar a un perfil de microbiota similar al de los niños sanos.

El análisis metabolómico puso de manifiesto cambios en los ácidos grasos de cadena corta, los aminoácidos de cadena ramificada y varios azúcares en respuesta al ejercicio, en correlación con un perfil de microbiota específico. Finalmente, el protocolo de entrenamiento inhibió significativamente la activación de las rutas inflamatorias asociada a la obesidad.

Según explica uno de los miembros del equipo, María Victoria García Mediavilla, el estudio forma parte de una línea de investigación traslacional en la que un artículo publicado el pasado año en ‘Disease Models & Mechanisms’ había puesto de manifiesto en un modelo en ratas con obesidad temprana y EHGNA inducidas por una dieta rica en grasa que el ejercicio contrarrestaba el desequilibrio microbiano y preservaba de la barrera intestinal, lo que, a su vez, evitaba la desregulación del eje intestino-hígado y mejoraba la homeostasis de los ácidos biliares.

“Nuestros datos sugieren la existencia de un perfil de microbiota deletéreo relacionado con la obesidad que se modifica positivamente con la intervención de actividad física” asegura la doctora Sánchez Campos, quien añade que “el ejercicio físico podría considerarse una terapia no farmacológica eficaz en el manejo de la obesidad temprana y el desarrollo de NAFLD”.

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