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La vida sigue igual. El
Bayern (que no sabía lo que era ceder un punto ante nadie esta temporada) vio
como el Atlético volvió a ser muy superior a uno de los mejores equipos del
mundo. Para los alemanes, en el Calderón no hay manera. Y para Ancelotti
tampoco. Los rojiblancos volvieron a ser un dolor de muelas para el italiano. Cuando
todo parecía que la visita de los bávaros iba a ser una visita al dentista, los
que salieron desdentados fueron los alemanes.

Los germanos arrancaron el
encuentro buscando el dominio de la posesión y lo encontraron, pero sin hacer
sufrir demasiado a los de Simeone, quienes dispusieron de las ocasiones más
claras del partido. Solo una clara de Müller al principio. Poco después avisó
Torres con un balón al palo, de cabeza. El niño volvió a mandar un aviso
mandando el cuero al lateral de la red, solo ante Neuer. Pero no fue el de
Fuenlabrada quien abriría la lata. Fue el belga Carrasco, con una excelente
conducción. Torres la esperaba, pero el extremo, con el 10 a la espalda confió
en su pierna zurda, la cruzó al palo izquierdo, rebotó en la cara interna del
poste y a la red.

Durante la segunda parte, el
Bayern tuvo más balón que en el primer tiempo, pero aún menos control. A este
Atleti es muy difícil hacerle un gol, y más cuando los once defienden por detrás
del balón, presionando al adversario que tiene el esférico en las botas…buscando
el error forzado. Aún así el equipo de Ancelotti tuvo alguna ocasión más. Buscó
también agitar el arbol y metió tres cambios, ofensivos. Quitó a Thiago para
poner a un jugador de banda, Kimmich, sacó a Boateng para meter a Hummels y
adelantar a Lahm al centro del campo, y retiró a un desaparecido Müller para
poner la electricidad de Robben. Y ninguno de los catorce futbolistas bávaros
fueron mínimanente reconocibles. Simeone anuló por completo a cada uno de los
futbolistas rivales. Lewandowski fue menos rematador que nunca, Thiago dio un
recital de balones perdidos, la defensa sufrió las acometidas de Torres,
Griezmann y Carrasco.

Y Arturo Vidal, capítulo
aparte. Un jugador desconectado, anulado y desesperado, cometió un penalti
absurdo por el que debió ver la tarjeta, y no fue así. Filipe Luis al suelo, el
árbitro decretó el punto de penalti, y Griezmann mandó el esférico al larguero.
Habría sido la guinda a un pastel perfecto. Aún así, y aunque el Bayern buscó
el empate a la desesperada, los tres puntos se quedaron en el Calderón, en el
estadio de un equipo que aún no sabe lo que es perder esta temporada.