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Por el resultado cosechado en el partido de ida en Holanda, se pensaba que Atlético de Madrid demostraría su calidad como equipo en su propio recinto, pero por momentos fue superado por un planteamiento ordenado del PSV que también tuvo sus oportunidades de llevarse la victoria. Pero el tono general del juego, las mejores oportunidades fueron colchoneras.

Era la noche propicia para un buen partido del Atlético. El Vicente Calderón sabe prepararse para las citas y se convierte en una caldera que responde ante cualquier contexto. El Atlético de Madrid apabulló ofensivamente al PSV pero los de Cocu fueron contestones e inlocuso crearon peligro en alguna contra. Excesivamente verticales, ofrecieron un partido de ida y vuelta. Y así, los protagonistas en un partido loco por momentos, fueron los guardametas. Tanto Zoet como Oblak mostraron sus versiones más inconmensurables.

Y es que el Atleti ayer no fue el dueño de los espacios, una prioridad para el técnico argentino, ni de la posesión. Tampoco conectó en el centro del campo, apropiado por fuerza, colocación y precisión por su rival, más consistente y mejor situado en cada segunda jugada, ni fue ese bloque normalmente impenetrable cuando espera el ataque contrario. Tampoco agobió a su contrincante en su área, salvo en el pasaje final rumbo al descanso, ni generó todo el caudal ofensivo que requiere un duelo con la obligación de marcar gol; sólo cuando encontró entre líneas al francés Antoine Griezmann, el protagonista de la única ocasión del Atlético en el toda la primera parte.

En el minuto 14, en una pase de Juanfran Torres al desmarque de Koke, que, de primeras, habilitó a Griezmann dentro del área. El remate del francés, al borde del área pequeña, lo repelió Jeroen Zoet. No tuvo más oportunidades del Atlético hasta el descanso.

Más que un aviso para el Atlético, replanteado tácticamente unas cuantas veces a lo largo del partido, del 4-4-2 al 4-1-4-1, al 4-3-3 y de vuelta al 4-4-2; resurgido en la recta final del primer tiempo, cuando se acercó a una versión más reconocible atrás, arriba, en presión y empuje, y de mejor aspecto en la reanudación.

Un centro del belga Yannick Carrasco, un cabezazo del uruguayo José María Giménez y un tiro del argentino Augusto Fernández, desconocido en la primera parte, como todo el medio campo, como Gabi o como Saúl, deslizaron entones una reacción del equipo rojiblanco, que movió el banquillo. Se fue Augusto, entró Fernando Torres.

La irrupción del atacante madrileño, valiente y vertical, fue un impulso ofensivo inmediato para el Atlético, en un momento incierto, con más que un susto en su área, un disparo de Jurgen Locadia que entre Jan Oblak y el poste rechazaron fuera de la portería, en un vaivén sin pronóstico, sin posibilidad de intuir un ganador.

Entre la tensión del 0-0 y del reloj todo se detuvo en ataque hasta otra acción de Fernando Torres, el mejor por atrevimiento, por regate, por potencia y por intención del Atlético en toda la segunda parte. Su trallazo dentro del área chocó contra el poste. Había prórroga. Y sin Godín, lesionado y sustituido por Lucas Hernández.

Una prueba más de carácter para el Atlético, visiblemente desfondado, como su adversario, pero con la iniciativa, con un cabezazo de Lucas, con un tiro centrado de Griezmann y con tanto cansancio en las piernas que fue imposible evitar los penaltis. Al decimosexto, el marcado por Juanfran Torres, ganó el Atlético.