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Óscar González

Madrid, 23 feb (EFE).- La concesión a Rusia y Catar de los Mundiales de 2018 y 2022 abrió la vía judicial suiza, puso en entredicho el sistema para elegir las sedes y contribuyó de forma decisiva al desmoronamiento de una estructura que la FIFA busca superar con las reformas que emprenderá esta semana.

Puede que todo arrancase el 2 de diciembre de 2010, cuando el comité ejecutivo eligió las sedes de los Mundiales de 2018 y 2020, o que esas votaciones no fuesen más que el detonante que puso definitivamente al descubierto un sistema repleto de intereses y expuesto a corruptelas, que ya había sido delatado por los medios desde antes de los comicios.

El caso es que fue la respuesta de la propia FIFA, empujada por el escándalo que desvelaban los medios, la que abrió un proceso que puso bajo la lupa a sus miembros, al encargar primero un informe independiente, que posteriormente “mutiló”, y después acudir a la justicia suiza. Lo que en principio parecía ser un “lavado de cara” de la propia organización terminó por fagocitar a muchos de los dirigentes que la sostenían.

Todo comienza cuatro años antes, en Zúrich, cuando los 22 componentes del comité ejecutivo se aprestan a elegir las sedes de 2018 y 2022. No podían optar a estas Copas las confederaciones que hubiesen albergado las dos ediciones anteriores (África, por Sudáfrica 2010 y Sudamérica, por Brasil 2014).

Las sorpresas comenzaron en la primera votación que descartó a una de las favoritas, Inglaterra, que solo tuvo dos votos. En la segunda votación, Rusia se impuso con 13 votos por delante de la candidatura ibérica España-Portugal (7) y de la Holanda-Bélgica (2).

Para la Copa del Mundo de 2022, hubo que hacer cuatro votaciones, que fueron descartando a Australia, Japón y Corea del Sur. A la última ronda, acudieron Estados Unidos y Catar, que se impuso por 14 votos a ocho a la propuesta norteamericana.

Lejos de acabar con la polémica, la designación de ambas sedes alimenta la controversia.

Tras la elección en Zúrich, el entonces primer ministro ruso, Vladímir Putin, viajó a la ciudad suiza para agradecer la confianza de la FIFA en su país y denunciar lo que considera una competencia desleal de otras candidaturas, mientras que Joseph Blatter justificó la elección de Catar por una deuda con el mundo árabe y aseguró que era “una locura” pensar que su concesión y la de Rusia 2018 fueran una cuestión de dinero.

Pero las denuncias previas -incluso con grabaciones ocultas que inculpaban a miembros del comité ejecutivo- y las acusaciones de compra de votos que surgen tras la elección van tomando fuerza hasta convertirse en un clamor.

El 10 de mayo de 2011, el expresidente de la federación inglesa (FA), David Triesman, denuncia en la Cámara de los Comunes que los directivos de la FIFA, Jack Warner -vicepresidente-, Nicolás Leoz -presidente de la Conmebol-, Ricardo Teixeira, responsable del fútbol brasileño, y el tailandés Worawi Makudi, se ofrecieron a sobornar a cambio de votar a Inglaterra como organizador del Mundial 2018.

Un par de semanas después, la Comisión de Ética suspende provisionalmente al vicepresidente Jack Warner (Trinidad y Tobago) y al catarí Mohamed Bin Hammam, presidente de la Confederación Asiática por posibles violaciones del Código Ético relacionadas con las elecciones a la presidencia de la FIFA de ese año, en las que el catarí fue el único aspirante junto a Blatter, pero se retiró antes de ser suspendido.

Como respuesta, un día después, Warner publica un correo del secretario general de la FIFA, Jerome Valcke, en el que este sugiere que Catar “compró” la organización del Mundial de 2022.

En ese clima de sospecha, Blatter logra la reelección a finales de mayo para un cuarto mandato y propone que, a partir de ese momento, sea el Congreso (209 personas en vez de 22) el que elija las sedes mundialistas y la creación de un comité para resolver las denuncias de corrupción.

Al comienzo de 2012, France Football publica que Catar compró el Mundial de 2022 e implica, entre otros, al presidente de la Asociación Argentina, Julio Grondona -fallecido el 30 de julio de 2014-, al paraguayo Nicolás Leoz y al brasileño Ricardo Teixeira. La información citaba también una reunión entre el expresidente francés Nicolas Sarkozy y el emir catarí a la que asistió el presidente de la UEFA, Michel Platini, que votó a favor de Catar y lo admitió públicamente.

Tres meses después, la FIFA refuerza su Comisión de Ética con el nombramiento del exfiscal general de Estados Unidos Michael J. García, que en agosto de 2012 comienza a investigar el proceso de licitación de ambos Mundiales.

El exfiscal se encuentra con trabas. No puede hablar con personas con citaciones judiciales o pedir documentos a proveedores de servicio de Internet. Rusia, además, le niega la entrada al país.

García entrega un informe de 350 páginas en septiembre de 2014, pero el presidente del órgano de decisión de la Comisión de Ética, el alemán Hans-Joachim Eckert, anuncia que no será hecho público por razones legales. El exfiscal presentará su renuncia a finales de año.

Antes, el 13 de noviembre de 2014, Eckert expone sus conclusiones en 42 páginas en las que concluye que no hubo irregularidades en los procesos de las candidaturas a 2018 y 2022, sino algunas conductas sospechosas de personas individuales.

Cinco días después, la FIFA presenta una denuncia penal en la judicatura suiza relacionada con la “posible conducta dolosa de personas individuales en relación con el otorgamiento de los derechos de organización de las Copas Mundiales de 2018 y 2022”, y pide que se investigue las “transferencias internacionales de activos con conexiones en Suiza.

Ha pasado año y medio desde entonces. La justicia suiza, que ha estimado que el proceso se puede prolongar hasta seis años, ya ha encontrado más de 120 transacciones sospechosas en relación con la adjudicación de ambas sedes y el propio FBI también se ha interesado por el proceso, en conexión con la investigación por la corrupción de los dirigentes de la FIFA.

El propio Blatter está convencido de que su caída a los infiernos la provocaron Estados Unidos, al no lograr el Mundial, y Francia, que cambió su voto a favor de Catar y rompió el acuerdo que existía para que rusos y estadounidenses se hiciesen con la organización de los Mundiales.

“Yo quería darle los mundiales a las dos superpotencias: Estados Unidos y Rusia. Hubiese traído algo de paz al mundo”, aseguraba a The Times el exdirigente suizo la pasada semana.

Por eso, Blatter, que ya acusó a Angela Merkel y a Franz Beckenbauer de maniobrar a favor de Catar, está convencido de que fue el cambio de voto de Francia, alentado por Nicolas Sarkozy, el que volteó sus planes y le metió en apuros.

“Cuando nos arrestaron en Suiza, le pregunté a Platiní si sabía por qué nos llevaban. Me dijo que no. Me dijo que Sarkozy le pidió no votar por Estados Unidos para el Mundial 2022 y que lo hiciese por Catar. Ahí, supe que habría problemas. Traté de resolver la situación, pero faltaban diez días para la votación”. EFE