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A Samuel Sánchez la pantalla de su potenciómetro le ayuda a usar el corazón. Que no reviente. Mientras pedalea controla sus latidos. Está en el primer final en alto de la Vuelta, en el monte da Groba, la cuesta que huele a yodo del mar, que vigila la bahía de Baiona y ve cómo las olas acosan a las islas Cíes. Samuel no mira más allá de su corazón. De repente, a siete kilómetros del final, cuando a…