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Rafa Nadal ya es oficialmente el ?número dos? del mundo, pero la leyenda sin límites, a pesar de reconocer su cansancio tras firmar un nuevo récord al conquistar un quinto Masters 1.000 del año, está decidido, agarrado a su ambición y a su extraordinario nivel de tenis, a continuar escalando sin freno. La meta es un objetivo antes muy lejano pero que el balear ya considera «posible». No es otro que el liderato del ranking mundial, impensable en 2013 tras su preocupante lesión de rodilla del pasado año y ahora más que factible, dada la dinámica ganadora en la que ha entrado el español y el gran juego desplegado en Montreal y Cincinnati. «Voy a intentarlo hasta el final», promete Nadal.

En la mejor temporada de su vida, en 2011, Novak Djokovic se adjudicó cinco Masters 1.000. Rafa Nadal, no solo en la más brillante, sino también en la más sorprendente y especial de su carrera, ha igualado esa plusmarca y está en condiciones de arrebatar el liderato de la clasificación de la ATP al serbio. En el caso de que Nadal ganase el US Open que arrancará el lunes día 26 y que Djokovic no alcanzase la final en el cuarto y último ?Grand Slam? de la temporada, el manacorense regresará al número uno mundial. Llegó a descender hasta el quinto puesto, pero de aquí a final de temporada solo sumará puntos.

Nadal, que hasta el domingo nunca había logrado dos títulos consecutivos en pista dura, ya aventaja en cinco Masters 1.000 a Roger Federer (desde este lunes ?número siete?), a quien también doblegó en Cincinnati para confirmarse como el mejor jugador de la temporada. La de su reencuentro con la gloria y con los récords. También ganó el pasado mes de junio su octavo Roland Garros y son nueve los títulos que acumula en este 2013 excelso en el que aún no ha dicho su última palabra. Djokovic ya siente la amenaza real de Nadal y el hecho de que el balear haya ascendido hasta la segunda plaza permite que ambos solo puedan verse las caras en una hipotética final del Open de Estados Unidos.

Un motivo más para la esperanza, aunque ahora es el serbio quien debe temer, dado el estado de forma y la racha ganadora del español. También del gran tenis que ha exhibido, con el que ha asombrado en los dos últimos Masters 1.000 y que, como reconoce, le viene «muy bien» y le ayuda «a jugar con determinación los partidos». Adaptándose a las circunstancias y a los rivales, pero ahora con mayor agresividad aún y demostrando su autoridad si está contra las cuerdas, como ocurrió el domingo ante John Isner, cuando el estadounidense acariciaba ganar el primer set en Cincinnati.

A Nadal, aparte de la Copa de Maestros, aún le quedan el US Open y dos Masters 1.000 por disputar, el de Shanghái y el de París-Bercy. Acumula 15 victorias consecutivas sobre cemento, y en esta superficie no ha perdido ningún partido este año, por lo que, si había dudas, es el principal favorito para ganar el Abierto de Estados Unidos. La presión es ahora para Djokovic, que siente el aliento de un jugador que perdió la segunda posición del ranking mundial al ser eliminado en la segunda ronda de Wimbledon del pasado año ante el checo Lukas Rosol.

Después de más de siete meses alejado de las pistas, desde su regreso el pasado mes de febrero y, a excepción de Wimbledon, donde fue expulsado a las primeras de cambio, el manacorense se ha mostrado demoledor, con nueve trofeos en once finales. Cayó, sobre tierra, en Viña del Mar, frente al argentino Horacio Zeballos, y en Montecarlo, ante Djokovic. Es el rey indiscutible en la arcilla, pero en la pista dura mantiene también este curso una hegemonía con la que camina lanzado hacia el trono que le fue arrebatado.