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La ingenuidad fue lo que primó durante mucho tiempo frente al deporte de la antigua República Federal, al que solía verse como libre de dopaje, pese a denuncias concretas.

Entretanto, sin embargo, según concluye uno de los dos estudios publicados ahora y realizado por un grupo de investigación de la Universidad de Munster, “la ingenuidad le ha dado paso a una actitud cínica”.

“La prensa sigue exigiendo altos rendimientos y éxitos en competiciones internacionales. Simultáneamente ha surgido un periodismo de denuncia ante el dopaje que ataca ofensivamente el problema”, dice el resumen del estudio, difundido por la Confederación Olímpica del Deporte Alemán (DOSB).

Las denuncias han ido creando cierta distancia frente al deporte de alto rendimiento que, sin embargo, “debido a su tono de resignación no abre perspectivas”.

El estudio de Munster complementa otro, de la Universidad Humboldt de Berlín, del que se habían adelantado hace algunos días unos detalles que apuntan a que en territorio de la vieja República Federal de Alemania (RFA) también hubo dopaje sistemático, lo mismo que ocurrió en la antigua RDA.

Una diferencia notable es que este no fue promovido y controlado directamente por el Estado aunque sí en parte financiado, a través de fondos para proyectos de investigación que a la postre llevaban a la optimización del rendimiento deportivo mediante el uso de sustancias dopantes.

Con todo, ante todo el estudio de Berlín, muestra una continuidad de las prácticas de dopaje en Alemania occidental desde 1949.

El estudio, a través de viejas tesis doctorales de medicina deportiva y de testimonios recuperados, documenta el uso de anfetaminas en el deporte alemán ya desde ese momento, lo que era una herencia de prácticas que se habían usado durante el III Reich.

Hasta 1960, el uso de anfetaminas parece haber sido común en el deporte alemán y, dice el estudio, “no sólo en el ciclismo sino también en el atletismo” .

En los sesenta, se pasó al uso de anabolizantes, en el caso del ciclismo con conocimiento de la federación.

En 1968, el médico Manfred Steinbach presentó un informe en el que alertaba sobre el peligro para la salud que implicaba el uso de anabolizantes.

Sin embargo, las advertencias de Steinbach no impidieron que la investigación sobre anabolizantes, para su uso en el deporte, se continuara, ante todo en el Instituto de Medicina Deportiva de Friburgo, con un grupo de trabajo dirigido por Joseph Keul.

Otro estudio, de Reinhardt, que mostraba las disfunciones sexuales que generaban los anabolizantes, fue mantenido en secreto para no poner en peligro las tesis de los defensores del uso de anabolizantes.

Con ello, el uso de anabolizantes siguió siendo frecuente en lo setenta. En los ochenta se agrega una discusión sobre la legitimidad de suministrar testosterona como medida de regeneración.

Los proyectos de investigación de medicina deportiva que podían contar con fondos públicos, según el estudio, eran precisamente aquellos que apuntaban a una mejoría del rendimiento a través del dopaje. “Los proyectos que no apuntaban a sustancias dopantes tenían poca posibilidad de ser aceptados”, dice el estudio berlinés.

A partir de los setenta, la presión sobre los atletas para recurrir al dopaje creció, según testimonios recogidos por el estudio.

En todo momento, hubo dos grupos entre los deportistas, uno que se resignaba al dopaje y otro que se resistía pero este último rara vez optó por hacer denuncias públicas, convencido de que se le daría poca credibilidad.

Aunque desde 1976 al apoyo a las federaciones por parte del estado está supeditado a medidas antidopaje, el criterio fundamental para repartir los fondos siguen siendo los éxitos deportivos. Esto es algo que, según el estudio de Münster, “llevó indirectamente a un fomento estructural del dopaje en disciplinas deportivas en las que sin dopaje el éxito no era posible”.

Rodrigo Zuleta