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Perfeccionista, trabajadora incansable, obsesiva con los detalles y extremadamente competitiva, la catalana Ona Carbonell (Barcelona, 1990) temía entonces ser ya demasiado mayor para poder alcanzar algún día el puesto de solista del equipo de natación sincronizada.

“Ella creía que tenía que empezar aún más pronto, pero yo le dije que ni mucho menos. Ona tiene ahora 23 años y yo empecé con 27. Estoy muy contenta de que el tren no solo no se le haya escapado, sino que lo ha tomado y lo ha hecho desde el vagón del conductor”, explica a EFE su predecesora en la capitanía, Andrea Fuentes.

Junto a los cuatro oros de la rusa Svetlana Romashina, Carbonell ha sido la otra gran figura destacada en la primera semana de los Mundiales de Barcelona. Ha logrado siete medallas participando en las siete finales (tres platas y cuatro bronces), equiparándose así al oro y seis platas en Roma 2009 de la mítica Gemma Mengual.

Apenas cuatro años separan ambos hitos, pero muchas cosas han cambiado desde entonces. Maná incesante de medallas bajo el faro exquisito de Mengual, la potencia de su heredera de Andrea Fuentes y la batuta ganadora de la entrenadora Anna Tarrés, el equipo de sincronizada, joya de la corona de las aguas españolas, sufrió un abrupto maremoto tras los Juegos de Londres.

Tarrés fue destituida y la polémica se desataba cuando un grupo de ex nadadoras denunciaba los supuestos métodos extremos de la exseleccionadora, que a su vez culpó al presidente de la Federación, Fernando Carpena, de instigar dichas acusaciones.

Dividida la sincronizada en dos bandos, la incertidumbre a pocos meses de los Mundiales aún se agravó más cuando la capitana Andrea Fuentes, cuádruple medallista olímpica, anunció su retirada.

Faltaban seis meses para la esperada cita mundialista en casa y un equipo acostumbrado a convivir con los elogios lo hacía ahora con la polémica de brocha gorda, convertido en carroña para la prensa más agresiva y la guerra de titulares cruzados. En medio de ese chapoteo brusco, la joven Carbonell fue elegida como capitana.

“Estos meses han sido muy difíciles, no teníamos nada claro cómo iría el Mundial”, reconoce Ona a EFE. “Hemos tenido que alejarnos de todos esos factores externos y centrarnos en el agua. Pero saco lo positivo: he aprendido mucho, tanto de lo bueno como de lo malo”.

No era poca cosa. Al nuevo cuerpo técnico se sumaba el hecho de debutar como solista, una compañera distinta de dúo -la mallorquina Marga Crespí-, dos coreografías nuevas para un equipo rejuvenecido y la presión de no fallar en casa. Y sobre todo, volver a recuperar la sincronía y la estabilidad en mitad de todo ese ruido de fondo.

“Este Mundial marcará un antes y un después en mí. El año pasado tiraba del carro junto a Andrea y ahora lo he hecho sola. A veces, he notado un poco esa soledad. Pero estoy acostumbrada”, relata Ona, que tras una semana interminable, ha acabado desfondada.

“La vemos cada día más líder -apunta una de las nadadoras más jóvenes del vestuario-. Tiene una fuerza increíble, sobre todo a nivel mental. Lo soporta todo y es un ejemplo a seguir, nos une a todas. Sin ella, habría sido aún más difícil”.

En el Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat del Vallès, a 20 minutos de Barcelona, sus trabajadores tienen claro que cuando Ona salta a la piscina, la temperatura del agua debe ser elevada. No soporta el frío, una de sus manías.

Aún así, fue en el gélido campamento base del Annapurna, situado a 4.200 metros en la cordillera del Himalaya, cuando Ona empezó a cambiar su perspectiva sobre muchas cosas, en una travesía física y mental que le llevó de Nepal a India y Sri Lanka.

De aquel viaje volvió distinta. 'Samsara', la arriesgada nueva coreografía en la rutina libre por equipos, posee parte de esa huella que la impregnó. Toda una oda a la reencarnación hindú para un equipo que busca renacer y emerger de sus propias cenizas.

“Posee las cualidades necesarias para llegar a lo más alto. Estoy convencida que este Mundial será el inicio de una gran carrera deportiva para Ona”, resalta la seleccionadora Esther Jaumà.

Amante del arte y estudiante de tercero de Diseño de Moda, Carbonell descubrió la sincronizada a los 10 años, cuando practicaba entonces gimnasia rítmica. Esbelta, delgada y de rostro perfecto, seis años después debutaba internacionalmente en Melburne 2007.

Ahora, viajará a Menorca para estar de vacaciones con su familia, recuperar fuerzas y “dormir mucho”, merecido descanso tras un Mundial que ha sido su particular alfombra roja. El billete de un tren que la había estado aguardando desde hace años.