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La vida le ponía un caramelo en el camino. Triunfar en casa, ante la familia, los amigos, en su tierra, con el cartel de favorito a la espalda y el aval de sus últimos triunfos. Un dulce que muchas veces se envenena. Por eso Juanito Lebrón, con sólo 18 años, debía mantener la cabeza fría, la mente distante. Olvidar lo superfluo y centrarse en lo fundamental, en aquello que sucede entre las paradas…