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Sin duda, la etapa de estudiante en la universidad es la mejor de todas. Si eres o has sido estudiante sabrás que ganar un dinero extra para cubrir algunos gastos, nunca viene mal, camarero, dependiente… cualquier trabajo que sirva para sacarse las castañas del fuego.

Carmen, que ha preferido que la llamemos así para no revelar su identidad, decidió buscar trabajo para poder sobrevivir en su etapa de estudios. “Cuando estaba en la facultad, yo, como muchos estudiantes, tenía ganas de disfrutar, salir y tener un calendario social repleto de cosas, a la vez que no mucho dinero”, así ha contado a 'El Confidencial'
Revisando los anuncios de trabajo en periódicos y portales online encontró un puesto como “masajista profesional”, llamó por teléfono y concretó una cita al día siguiente. “Eres exactamente el tipo de terapeuta que necesitamos aquí”, añadió la encargada. El puesto era suyo.

“Me presenté al día siguiente, me puse mi uniforme y conocí a algunas de las otras chicas en la sala de descanso, donde todas esperábamos hasta que nos llamara un cliente. No pasó mucho tiempo antes de que tuviera mi primer masaje. Todas las chicas sonrieron, me desearon suerte y entonces me dirigí hacia una de las salas de tratamiento”, explica.
“Todo fue como debería durante mi primer encuentro. El cliente era un hombre de mediana edad que tenía buen aspecto, era limpio y educado. Estaba claro que era un habitual porque llamó a la recepcionista por su nombre. Usé presión media, según lo solicitado, y mantuve todo correctamente”, añade. Le dijo al hombre que había terminado y que lo dejaría un momento para cambiarse, pero antes de que tuviera oportunidad de irse, él se cambió de postura sobre la mesa de masajes exponiendo una enorme erección.

“Termina conmigo, ¿podrías, por favor?”, dijo él. De ninguna manera era desagradable o agresivo, y como era un habitual, tuvo la sensación de que este era su tratamiento normal. No quiso montar una escena o avergonzarlo, así que después de dudar por un momento pensó: “Oh, qué diablos”. No pasó mucho hasta que el hombre tuvo lo que quería. Fue muy respetuoso y educado, como debe ser en esas circunstancias. Mantuvo sus manos sobre sí mismo y estuvo en silencio hasta que eyaculó.

Al finalizar se secó con una toalla y se vistió rápidamente, le sonrió cálidamente y le dio las gracias antes de regresar a la recepción para pagar. Sin saber qué hacer, Carmen limpió la habitación y la preparó para el siguiente cliente. “No fue hasta que estuve sola en la sala, con el corazón latiendo fuertemente, cuando me di cuenta de que me habían pagado por sexo. ¿Qué diría mi madre?”, pensó.

“Al principio me pregunté si él se había aprovechado de que era nueva, pero como me llamaron para atender a otros tres clientes durante ese turno y cada uno me pidió lo mismo al final del masaje, me di cuenta de que definitivamente estaba trabajando en uno de 'esos' salones. Al igual que con el primero, hice lo mismo a cada uno ellos. Todos fueron respetuosos y educados y cada uno mantuvo sus manos quietas. Al final del turno, casi vi cierta gallardía en su comportamiento”, comentó.

Aunque estaba perfectamente bien después de su extraña inauguración laboral, decidió que el trabajo no era para ella. No sabía qué decirle a su jefa, así que se desapuntó del segundo turno. “Supongo que probablemente no fui la primera en hacer eso porque la encargada no se molestó en llamar para ver dónde estaba”, explicó.