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Situado a 198 kilómetros al noroeste de Perth, la capital del estado Australia Occidental, Cervantes tiene una población de menos de 500 personas, la mayoría de ascendencia anglosajona, que habitan calles llamadas Sevilla, Iberia, Cataluña, Córdoba o Segovia.

Esta localidad de playas de arena blanca y dedicado a la captura de langostas también cuenta con un café llamado “Don Quixote”.

El interior del establecimiento está dominado por un óleo en el que aparece el “caballero del honor”, que diría León Felipe, en medio del impresionante paisaje del Desierto de Pináculos.

Este desierto se inscribe en el Parque Nacional Nambung y atesora enormes estructuras cónicas de piedra caliza dura que se formaron hace más de 25.000 años después de que se replegara el mar y dejara depósitos de conchas marinas.

Los pináculos pueden alcanzar unos cinco metros de altura y contribuyen a crear una especie de paisaje lunar que se convierte en un paraje mágico gracias a las diferentes tonalidades de la luz solar y la presencia, en determinadas épocas del año, de su particular fauna.

Cervantes es, además, la puerta de entrada a otro lugar espectacular que hace remontar la imaginación a la prehistoria: el lago Thetis, un área con una circunferencia de 1,2 kilómetros que se formó tras la retirada del mar hace miles de años.

Lo más curioso de este lago de agua salada es que se trata, con México y Chile, de uno de los pocos sitios del mundo que aloja a estromatolitos marinos, una especie de bacterias fosilizadas que parecen montículos de piedra y que son muy parecidas a aquellas que aparecieron en los albores de la Tierra.

Cuando los niveles de agua del Thetis, que crea un ambiente ideal para la producción de comunidades de microbios, se evaporan en los períodos secos, se ve un campo de estos “fósiles vivos” desperdigados en su lecho.

La apacible localidad de Cervantes, fundada en 1962 con el nombre del ballenero estadounidense que naufragó frente a sus costas a mediados del siglo XIX, contrasta con el legado natural prehistórico en el que se enmarca.

El barco “Cervantes”, construido en los astilleros de Maine (Estados Unidos), tenía unos 28 metros de eslora y zozobró durante su segundo viaje a las costas de Australia Occidental para cazar ballenas.

El navío se mecía anclado en la bahía Jurien, que baña a la actual localidad de Cervantes, y la tripulación dedicaba las horas libres a pescar cuando se desató una fuerte tempestad el 29 de junio de 1844.

La nave fue arrastrada por el temporal hasta un banco de arena, donde encalló y sufrió daños de índole tan grave que el bajío se convirtió en su sepultura, según datos del Museo de Australia Occidental.

El capitán del “Cervantes”, Sylvanus Gibson, decidió subastar las partes recuperables, entre ellas los equipos para cazar ballenas.

Varias décadas más tarde se descubrieron algunos tesoros en el pecio, como conchas de perlas que no pertenecían a esa zona.

Con el paso del tiempo, la población pesquera acabó por adoptar el nombre del ballenero que fue a morir a sus aguas, sin saber aún que era nada menos que el apellido de una de los próceres de la literatura universal: Miguel de Cervantes Saavedra.

Los lugareños luego extraerían de entre las riquezas de El Quijote el nombre de algunas de sus calles, aunque las pronuncian con su particular acento australiano porque no hablan la lengua de Alonso Quijano.

Rocío Otoya