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Es la historia dura pero emocionante de Ana, desde que sale de su pueblo de Ávila con una pequeña maleta de cartón para trabajar en una gran fábrica de Colonia. Es la historia de su juventud, sus dificultades, su complicidad con las otras obreras y su lucha contra las desigualdades sociales, pero también es el relato de su gran historia de amor.
Muchas décadas después de regresar de Alemania, Ana conoce a Cora, una mujer actual a quien decide contar su vivencia antes de que sea demasiado tarde. A través de los ojos y la sensibilidad contemporánea de Cora, iremos adentrándonos en la aventura de una joven valiente que fue capaz de tomar las riendas de su vida para salir adelante.

Celia Santos (Bergara, 1972) reside en Barcelona. Durante siete años dirigió y presentó la sección de recomendaciones literarias en Tele Taxi TV, así como la web literaria Más que palabras. Tras cursar estudios de narrativa en el Ateneo de Barcelona, ha escrito numerosos relatos y cuentos, en su mayoría dirigidos a un público infantil y juvenil. “La maleta de Ana” es su primera novela para adultos.

«Se calcula que casi un millón y medio de españoles ha tenido que emigrar desde el principio de la crisis, superando al 1.300.000 que lo hizo durante los años sesenta y setenta. Eso sin contar los que no se registran en los consulados para no perder derechos, como la sanidad. La mayoría de ellos con carreras universitarias y bien preparados, pero muchos acaban trabajando como camareros, conductores o dependientes. Y no saben si algún día podrán regresar». Afirma Celia Santos

¿Por qué elegiste este tema como argumento de la novela?

Muchos somos hijos o nietos de la emigración, interior o exterior. En mi caso mis padres salieron de una zona rural de Salamanca, obligados por la necesidad, hacia Euskadi para poder sacar adelante a su familia. Yo misma vine a Cataluña hace casi 30 años, en un tren que tardaba 20 horas en llegar, para trabajar en la hostelería. 

La memoria nos recuerda qué y quiénes somos. Pero a veces, como le ocurre a la protagonista de mi novela, enferma de alzhéimer, olvidamos los recuerdos más inmediatos y nos centramos en el pasado más lejano. Así hemos ignorado el hecho de que nosotros también tuvimos que salir de nuestros hogares para poder sobrevivir. Pero quizá existe un halo romántico que rodea aquel episodio de nuestra historia reciente. Es cierto que España y la entonces República Federal Alemana firmaron un convenio de colaboración a través del cual los trabajadores salían con un contrato en la mano. Lo que muchos ignoran es que una tercera parte de los que llegaron, lo hicieron de forma ilegal o como turistas, atravesando fronteras de manera furtiva en furgonetas destartaladas y en condiciones infrahumanas. He querido dar un toque de atención para acercar al lector a una época de la historia más reciente.

¿Hiciste una labor de investigación de cara a documentarte para la novela, conociste a emigrantes de aquellos años?

Una vez tuve el esquema de lo que quería contar, llegó el momento de darle forma. Leí libros, artículos, vi documentales… Pero necesitaba conocer de primera mano el escenario y a los protagonistas de mi historia. Me fui seis días a Colonia, ciudad en la que transcurre mi novela. La recorrí entera (o casi). Escuché hablar a la gente, les vi moverse, pasear… Necesitaba sentir, en la medida de lo posible, lo mismo que aquellas mujeres cincuenta años atrás. Una vez allí acudí al comité anual que celebra la Asociación de Familias Españolas en Alemania, en esta ocasión en Königswinter. Allí conocí a muchos españoles que emigraron en los años sesenta y setenta, hablé con ellos, conocí sus historias personales y particulares. Ya en Barcelona, a través de la Fundación Can Gelabert, he conocido a otras mujeres que, pasadas unas décadas, decidieron regresar. El proceso fue enriquecedor e inolvidable. Casi necesario, diría yo, para tomar conciencia de un problema que, de un modo u otro, nos afecta a todos.

¿Cómo vivían, a qué se enfrentaban al llegar a Alemania?

No era fácil. Se fletaban trenes en los que viajaban más de mil trabajadores que luego se repartían por diferentes fábricas. Llegaban cansados y despistados y se les conducía a sus diferentes destinos. Al principio, la única forma que tenían de organizarles era colgando una etiqueta de cuello de cada uno de ellos. Después fueron los sacerdotes y voluntarios de Cáritas los que acudían a recibirles. Una vez allí, normalmente vivían en barracones que se encontraban dentro de los recintos de las fábricas. Estos eran de chapa y madera y no tenían calefacción, con lo que debían enfrentarse a temperaturas de veinte bajo cero en invierno. Apenas salían, pues las horas de luz eran pocas y el trabajo mucho. Además, los prejuicios estaban a la orden del día. A todo eso había que sumar la dificultad del idioma, la moneda, el desarraigo y la soledad. Hoy en día cualquiera de nosotros puede mandar un mensaje e instantáneamente llega a cualquier lugar del planeta. Pero en aquellos años la única forma de comunicación que tenían era por carta, y estas tardaban semanas en atravesar el continente.

¿El Gobierno español era consciente de las condiciones en las que trabajaban los españoles en Alemania?

El gobierno tenía sus satélites que se ocupaban de vigilar y controlar los movimientos de los españoles en Europa. Si bien eran una fuente de ingresos, ya que aportaban divisas que enviaban a sus familiares, debían vigilar de cerca a todo subversivo que se significase mediante sindicatos o asociaciones que los trabajadores españoles descubrieron allí. Era peligroso que, a su vuelta a España, bien por vacaciones o de forma definitiva, intoxicasen a los que estaban aquí con ideas revolucionarias. Hubo detenidos, como Juan Liébana Ríos, un activo sindicalista al que he permitido un cameo en la novela, que fue condenado a dos meses de cárcel por asociación ilícita. 

Las condiciones de alojamiento, laborales y de salud eran un tema secundario para nuestro gobierno de entonces.

¿Qué crees que deberíamos recordar e incorporar en el presente con tu historia?

La humildad, porque creo que es lo que nos hace grandes. Mirarnos en nuestro propio espejo y ver lo que fuimos, lo que somos, y sobre todo lo que son otros. Que cuando veamos a un marroquí, un peruano o un ucraniano por la calle, no le miremos como un inmigrante sino como una persona con una historia detrás. No podemos juzgar sin conocer los hechos. Y mucho menos condenar. Debemos recordar que un día nosotros también estuvimos al otro lado. 

Se calcula que casi un millón y medio de españoles ha tenido que emigrar desde el principio de la crisis, superando al 1.300.000 que lo hizo durante los años sesenta y setenta. Eso sin contar los que no se registran en los consulados para no perder derechos, como la sanidad. La mayoría de ellos con carreras universitarias y bien preparados, pero muchos acaban trabajando como camareros, conductores o dependientes. Y no saben si algún día podrán regresar. 

Nuestros padres vivieron mejor que nuestros abuelos, nosotros, hasta hace poco, hemos vivido mejor que nuestros padres. Pero quizá nuestros hijos no tengan esa suerte del destino. Tal vez deberíamos reflexionar sobre en manos de quién estamos confiando el futuro de nuestros hijos, ya que parece algo cíclico o una repetición de la historia. 

«Que cuando veamos a un marroquí, un peruano o un ucraniano por la calle, no le miremos como un inmigrante sino como una persona con una historia detrás. No podemos juzgar sin conocer los hechos. Y mucho menos condenar. Debemos recordar que un día nosotros también estuvimos al otro lado.» Celia Santos