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Qué sensación mas rara la de estrenarse por primera vez. Si, lo reconozco. Era virgen hasta ayer mismo. Nunca había montado en un avión mas de dos horas. Yo soy mas de volar para andar por casa. Que si las islas españolas, que si Europa, pero nunca había cruzado el charco. Y desde luego que es una sensación que te recorre el cuerpo desde un extremo a otro.

Sabes que Punta Cana te queda a nueve horas de distancia y que lo único que tienes es un espacio reducido de un par de metros que va a ser tu mejor compañero de viaje. No valen rezos ni lamentaciones, solo te queda dormir de una forma u de otra. El paraíso, según llaman a esto del Caribe, merece la pena. Ron Barceló sabe a lo que juega preparando un evento de estas características.

Pero no voy a centrarme- de momento, no os vais a escapar- en lo que ocurra en tierras caribeñas. Me fijo en este largo viaje de nueve horas que da para mucho. ¿Os acordais de aquella historieta de Melendi con el que el avión tuvo que dar la vuelta a Madrid por tomarse unas pocas copas de más? Eso, con cientos de jóvenes dirección fiesta y locura durante unos días está a la orden del dia.

Solo os digo que les esperan siete días de desenfreno por delante pero muchos de ellos pueden confesar que han enganchado su primera resaca en aguas internacionales. Y yo me pregunto pero… ¿eso puede ser bueno? ¿No es algo un poco raro…? ¿Y si te da un chungo? Allá cada uno con su cuerpo, pero y si mezclas ese alcohol pre-Punta Cana con una “exquisita comida de avión”. Sí, es inevitable hablar de ello. Como os he contado antes era mi primera experiencia en este aspecto y ves esa bandeja que se te pone mirando seriamente frente a ti y te echas a temblar.

¿Por qué esta tan mala la comida de los aviones? Dicen que es por las papilas gustativas. Que si no saboreamos, bien. Por unas cosas o por otras, no hay que poner excusas. Está mala y se dice. No esperas mucho. Es como la típica fiesta en la que vas por compromiso y sabes que tienes ganas de irte a casa cuanto antes. No te va a convencer, tienes muchos prejuicios.

Y si la comida merece un capitulo aparte… qué decir de la maravillosa oferta cinéfila que te dan los vuelos. Éxitos longevos de la década de los 80 dignos del Oscar de lo mas casposo. Nueve horas de avión y te toca cargar con películas que no sirven ni para rellenar un festival de barrio- con todos los respetos a estos-.

Pero no pasa nada, porque llegas a Punta Cana y se te olvidan todos los males. Estás en marzo y tienes 25 grados a medianoche. Gente hospitalaria y hogareña que te recibe con una sonrisa de oreja a oreja. Si lo que pasa en Desalia, se queda en Desalia, que así sea… lo que pasó en el avión se queda en el avión… Por ello todos los que acuden a este festival saben que lo que sucedió hace dos minutos ya es historia y lo que hacen es vivir el momento. ¡Salud!