Compartir

Un libro muy personal donde hablas de tus amigos que te han acompañado en la vida.

Sobretodo hablo de la influencia que han tenido sobre mí y mi desarrollo como persona pensante y comprometida. Son personas que han tenido mucha influencia y gran valía, por eso les he puesto.

Cuentas tu primer día de la universidad. Una mujer casada, con hijos y algo complicado en aquella época.

Para mí fue una cosa impresionante. Recuerdo que llevaba 2 ó 3 años pensando en ir, pero pensaba en ello como el paraíso perdido, creía que no sería capaz y mira, sí que pude.

¿Cómo se ven los recuerdos de aquel entonces desde este S.XXI?

Los veo como los veo, pero soy consciente de que las cosas han cambiado, que yo lo viví sin una carga del sentido crítico que tengo ahora, ni ganas de interpretarlo como tengo ahora. No son mis memorias, si lo fueran me hubiera ceñido más a la realidad y habría investigado más para poder saber exactamente las fechas, los años…

No hay muchas fechas concretas, la verdad.

El libro comienza más o menos en octubre del 59, cuando comenzaba la universidad de la que salí en el 64, un año antes habían nacido un hijo, el tercero, y el año de salida habían nacido dos. Ese mismo año comencé a trabajar en la editorial Seix Barral y seguí trabajando allí hasta el año 70. Y ya está.

Hay personajes curiosos a lo largo del relato, te diría Rosa que aquellas personas curiosas de las que hablas ya no se ven, ¿no?

A mí no me parecían curiosos cuando les conocí, aun ninguno era famoso. Eran personas con las que te topabas, tenías afinidad y se terminaba convirtiendo en amistad, pero no sabíamos si alguno sería famoso o no.

Pero el hecho de que se hicieran famosos, ¿te sorprendió?

No. Lo que me sorprende es que no se les tenga como famosos, como un valor para el país y que no se les recuerde más. Por ejemplo, Gabriel García Márquez estuvo 4 años viviendo en Barcelona, en una casa de la calle Caponata y allí no hay ni siquiera una placa que diga que vivió en esa casa. Es bastante incomprensible que no pasa en Francia, Inglaterra y mucho menos en Alemania y Austria donde todas las casas tienen pequeñas placas en las que están todos los nombres de los músicos que allí vivían aunque solo hubiera sido un mes. Es una manera de recordar lo que somos gracias a los que fueron, esto lo hemos olvidado, como si hubiéramos nacido de la nada.

Fuiste una mujer valiente haciendo cosas fuera de lo común. ¿Qué decían a tu alrededor?

Depende. Por ejemplo cuento la anécdota de unas amigas del colegio que me decían: “A mi marido no le gustaría que fuera a la universidad”. Y les contestaba: “Pues mira, al mío sí, ya está”. También había gente que le parecía tan mal que terminamos no viéndonos, te acabas separando de las personas que se demuestra que no tienen nada que ver contigo, por eso no todos son amigos para siempre.

A lo largo de la vida te vas encontrando con gente que sale y entra de tu vida sin pena, ni gloria.

Efectivamente, pueden ser compañeros de trabajo con los que estás todos los días, pero no tienes nada en común con ellos. Por eso he hablado de las personas que me han enseñado cosas, abierto caminos y luces. Son personas para las que no tengo más que palabras de agradecimiento, porque por haberles conocido la vida ha sido mucho mejor. Unos me han enseñado a viajar, otros a mirar las casas, por ejemplo. Tengo amigos arquitectos con los que he aprendido a mirar las fachadas al pasear, deduciendo de qué época salen, de qué año son… Las personas que van paseando y no miran las fachadas, ¿qué es lo que miran?

(Reímos) No lo sé. ¿A la gente?

Puede ser, mirar monumentos es muy aburrido, ¿no? Mirar casas es divertido.

A mí me divierte mucho mirar a la gente.

Sí, la gente también está muy bien, a mí también. Montarme historias me gusta mucho.

Claro, piensa que estamos en una terraza tomando una cerveza y miramos a la gente sin pensar que quizá tienen una vida fascinante que contar.

Sí, a lo mejor está viviendo una cosa agotadora o una tragedia, se ha quedado sin trabajo o está trabajando en algo que no les gusta y tienen esta cara como de mal humor y piensas: “Pobre, qué mal”.

Sigo pensando en tu osadía, ¿cómo se te ocurre abrir tu casa a desconocidos para ver “El acorazado Potemkin” o una reunión política clandestina?

(Reímos) Pero esto era bastante normal, al menos con la gente que yo trataba tenía las casas abiertas en esos momentos. Tú decías: “Óyeme, es que no puedo ir porque han venido unos amigos de Francia”. Lo que te decían es que te los llevases, era todo mucho más improvisado, las invitaciones a comer y cenar no eran a plazo fijo. “Vente el viernes de la semana que viene a cenar que vienen los Pérez” no te decían nunca, quizá estábamos en un sitio y decías: “¿Nos vamos a mi casa que tengo unas latas de no sé qué y aprovechamos para invitar a esta chica que ha tocado en este acto?”. Así era, menos formal todo.

Ahora creo que somos mucho más aburridos, un rollo.

(Ríe) No, tampoco es un rollo. Hay gente que les gusta no improvisar, no les gusta la improvisación.

¡Fuera, fuera esa gente!

(Reímos) Se puede improvisar en cualquier momento. Recuerdo de estar en presentaciones de libros y, de repente, se acercaban y te decían: “Oye, Rosa me ha dicho no sé quién que está en su casa que acaba de recibir, por ejemplo, unas latas de mejillones o unos turrones. ¿Te vienes? Si quieres trae a alguien pero que no sean más de cinco”. Y así lo hacíamos, te quedabas toda la noche, si estabas cansado te ibas. En fin, era muy divertido, a mí me gustaba más.

A mí también me hubiera gustado, ya lo creo.

Claro porque nunca sabías lo que pasaba. Salías de casa y nunca sabías a qué hora ibas a regresar.

A mí la gente que te pregunta qué comerás mañana no me gusta… ¡Pues no lo sé!

Claro, que vas a saber.

Hay un capítulo muy bonito dedicado a Manolo Vázquez Montalbán.

Fuimos muy amigos, me enseñó muchísimas cosas. Manolo fue a la universidad y un día vi que daba una conferencia sobre Lumumba, fui y para mí fue revelador, me di cuenta de que el enemigo general es universal. De alguna manera los que montan guerras en un sitio, las montan también en otro. En fin, me di cuenta de que el compromiso no podía limitarse a nuestra casa y país, que el compromiso era universal.

El capítulo de Manolo es enternecedor…

Claro, porque Manolo era así, una persona parca en palabras cuando hablaba pero cuando escribía o cuando hablaba en público era impresionante, una capacidad de poner en juego cosas de un lugar y otro, analizarlas, ver las consecuencias… Manolo era fantástico.

Hay un profesor que va a tu casa a una reunión, tú no estás, pero cuando te ve te dice que tienes una casa demasiado burguesa, ¿cómo te quedas?

Me pregunté si para reivindicar las injusticias sociales tenía que venir de una familia obrera. En ese momento, como el Partido Comunista estaba en la total clandestinidad, había un auge de barrios obreros en algunas zonas. Le pregunté que si no había nacido ahí, ¿no podía decir nada? No soy una persona burguesa, bueno, claro que lo soy para qué lo voy a negar, pero no soy de las grandes familias catalanas. A él le chocaron las pinturas que tenía, le hicieron pensar que tenía un gusto burgués, quizá lo eran, pero la mayoría de los cuadros eran regalos de boda. Es posible que fueran algo burgueses, pero él era un profesor fantástico.

Hablas de tu boda, ¿qué pensó tu familia política cuando te vas a la universidad?

Huy, no les gustaba, les hubiera gustado otra cosa. (Ríe) Yo les preguntaba qué había de malo en ir a la universidad y me decían: “De malo nada, pero nos hubiera gustado que nuestro hermano o hijo se hubiera casado con una mujer normal”.

¿Y no lo eras?

Desde el punto de vista social no. En esos años una mujer casada se peinaba y vestía de una determinada manera. El ir con zapatos planos, una bolsa y sin peinado de peluquería teniendo dos hijos era un poco raro.

Has sido hija de la II República, vivido el Franquismo y la Transición. ¿Qué emociones tuviste en cada etapa?

Muy distintas. La República la llevo puesta, no la viví pero para mí es un hito al que se llegará tarde o temprano, no lo veré pero se llegará a la III República. Es una manera de gobernar que me parece más sensata, racional y que representa lo que fueron mis padres. La Transición no se pudo hacer como se tendría que haber hecho, desde la legalidad republicana hasta la Democracia, sino que se hizo desde el Franquismo. Pero entiendo que fue difícil porque los poderes fácticos eran muy poderosos. El Franquismo fue durísimo, demoledor para el país y tardará aún en recuperarse, parece que nos hemos recuperado, pero no. Esta falta de compromiso, este silencio, este aceptar lo que nos dice el capitalismo que es lo que nos domina, que se ha grabado en nuestro ADN. Estamos en una etapa en la que están intentando florecer otras voces para luchar contra el enemigo de los recortes, que aprovecha la crisis y que cree que la deuda es superior a los derechos de las personas. Veremos en qué acaba todo, tengo mucha esperanza, tardaremos en ver los frutos, pero llegarán.

¿Te gusta que la gente joven que se acerca a ti te escuche?

No, me da igual. No me escuchan, a no ser que haya algo que un día me irrite profundamente, no me pregunto si les gustará o no, yo hago mi discurso contra lo que ha ocurrido. En general no, ahora empiezan mis nietos que tienen 20 años a leer cosas mías y quizá será una voz que les llegará mucho más.