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Pilar Palazuelos

Santander, 10 abr (EFE).- Solo un bien Patrimonio de la Humanidad, cita obligada en manuales y reproducido hasta el hartazgo como icono turístico y cultural, puede atraer, como Altamira, a reyes, artistas, eruditos, celebridades y gente común, y dar pie a miles de páginas de comentarios de paisanos a los que esta joya no deja indiferentes.

Los bisontes más famosos del mundo maravillaron a Alfonso XIII y sus descendientes, como el rey Juan Carlos I, al duque de Alba, García Lorca, Franco o al mismísimo conde Almasy, el explorador del desierto al que “El paciente inglés” rescató para el celuloide.

Muchos dejaron su rúbrica en un primer libro histórico de Altamira que comienza en 1928 con la firma de María Sanz de Sautuola, la niña que descubrió las pinturas de la cueva, para perdurar hasta el franquismo.

Pero en 2001, con la inauguración del nuevo Museo Nacional Altamira, se empieza otro libro “VIP” que encabezan los reyes Juan Carlos I y Sofía. Ya en 2003 se abre un volumen para el público común, que Xurxo Ayán Vila (Galicia, 1976), arqueólogo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y profesor de la Universidad del País Vasco, recoge en su obra “Altamira vista por los españoles”.

En este proyecto, Ayán revisó 15.000 páginas del libro de visitas del Museo Altamira en las que, según explica a Efe, figuran comentarios de muchos visitantes entre 2003 y 2014.

El propio autor lanza un aviso a navegantes al comienzo de su libro, y advierte de que no es un estudio científico “con pretensiones de objetividad”, sino un ensayo personal basado en las opiniones de quienes han pasado por Altamira.

Una de las conclusiones del autor es que éste es un espacio “querido por generaciones y generaciones de españoles”. Y, según añade, si algo destilan muchos de los comentarios es una gran inventiva, socarronería y una desbordante imaginación.

Las páginas del libro de visitas han servido para reivindicar: hay críticas a la mercantilización del patrimonio y muchos textos para expresar la preferencia por lo original frente a la réplica.

“Espero que pronto pueda volver a ver las cuevas originales. Ésta está bien para aprender, pero para sentirlas…”, decía un visitante del museo hace dos años, unas palabras que podrían suscribir muchos otros.

Pero también hay quienes comprenden e incluso aplauden las restricciones de acceso y la iniciativa de la neocueva. “Yo estuve hace años en la original con mucha gente y humo. Fue una gran idea hacer la neocueva y preservar este legado prehistórico”, decían en 2009.

La experiencia dice que muchos de los que van a Altamira repiten. Y así consta en el libro de visitas, donde, por ejemplo, se recoge el testimonio de emigrantes o exiliados españoles que se fueron a América en la postguerra y que, de vuelta en suelo patrio, regresan a la cueva y al museo.

En el capítulo de quejas, hay quien lamenta que lo lleven como en “un rebaño de ovejas” por el museo, y está a su vez presente la crítica a la invisibilidad de la mujer en la prehistoria.

Como termómetro social e histórico, en el libro de visitas están plasmadas sensaciones y emociones por sucesos como el 11M; el “Prestige”, con alusiones al chapapote; y la guerra de Irak, con el repetido “No a la guerra”, además de, por supuesto, la crisis.

Los políticos no se libran de comentarios, en general corrosivos, y, cómo no estando en Cantabria, como contrapunto Miguel Ángel Revilla monopoliza algunas lisonjas. Y otro cántabro de pro, el cantante David Bustamante, también acapara algún comentario.

Hay quien se ha dejado llevar por las musas y ha hecho alarde de su propio genio, con textos pseudopoéticos, y un clásico es también el que descubre en Altamira su vocación: en el libro de visitas hay muchos que declaran solemnemente que de mayor quieren ser arqueólogos.

No faltan quienes visitan Altamira en fechas como cumpleaños o aniversarios, y algunos vinculan este enclave con su descendencia. Por ejemplo, figuran textos de padres que escriben que su hijo estuvo en Altamira dentro del vientre materno. EFE

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