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Angélica Liddell duele. No es apta para todos los públicos. Y, sin embargo, ha revuelto las aguas del teatro. Desde que en 2010 pusiese en pie al Festival de Aviñón con 'La casa de la fuerza', es referencia obligada en nuestro teatro contemporáneo.

Entre el público cuenta con espectadores devotos que, cada año, revisan con avidez las programaciones para no perderse sus montajes. Ella dice que no hace nada nuevo. Que “hablar del alma humana es muy antiguo”. Para hacerlo en 'Todo el cielo sobre la Tierra (El síndrome de Wendy)' ha tomado como punto de partida la terrible matanza de la isla de Utoya, en Noruega.

¿Por qué la matanza de Utoya?, ¿qué es lo que te llamó la atención del suceso?

De la matanza de Utoya me sorprendió el hecho de que fuera un campamento juvenil, es decir, sólo murieron jóvenes de entre 16 y 26 años. Enseguida lo conecté con Neverland, la isla del Peter Pan de Barrie donde la infancia es eterna. Sin embargo yo quería hablar de la pérdida de la juventud, de manera que utilicé para ello a Wendy, Wendy vieja, la Wendy del final del cuento que es rechazada por Peter Pan. Así es como Wendy utilizó la masacre de Utoya para perpetrar su propia venganza. A los pocos días de la masacre me marché de viaje a Shanghai, empecé allí a escribir, rodeada de bellos jóvenes chinos, allí descubrí también a los ancianos bailando en las calles, en Shanghai se baila muchísimo. Y Shanghai se acabó convirtiendo en otro protagonista.

Da la impresión de que escribes desde el dolor, ¿es un dolor reciente o lo abordas después, desde la cicatriz, una vez que el dolor ha sanado?

En estos cinco años he pasado por ambos estados. Sin embargo hay un dolor que es un ruido constante en mi vida, que es simplemente una tara de nacimiento, una incapacidad para comprender el hecho de estar vivo, y una inclinación hacia lo horrible de las cosas.

¿Siempre has escrito así?

A los 9 años las monjas llamaron a mis padres. Había escrito un poema que se titulaba 'Soledad', hablaba de quitarme la vida. Llevo escribiendo lo mismo desde hace 40 años.

¿Siempre teatro?

Curiosamente en la adolescencia ya escribía largos melodramas en forma de diálogo, no sé por qué. Después probé con la novela pero no me vi con fuerzas, admiro profundamente a los novelistas. Y finalmente creo que escribo teatro como si escribiera poesía. No distingo lo uno de los otro.

En tu opinión, ¿puede el teatro tener un poder transformador o resulta solo un consuelo?

En el teatro, como en cualquiera de las artes, identificas tus sentimientos hasta el punto de alcanzar una catarsis, lo mas importante es ver el mundo a través de la belleza, las consecuencias de ese encuentro de sensibilidades son inexplicables, no podría definirse como transformación o consuelo, es un estado de crisis frente a lo incomprensible.

A menudo se dice en tono peyorativo que tal o cual montaje resulta provocativo, pero ¿se puede hacer teatro sin provocación?

La vida es una gran provocación. Se confunde a menudo la provocación con el escándalo. Nada mas lejos de mi intención. Yo busco un encuentro con los espectadores, no un desencuentro.

Dice Le Monde que sacas “belleza de la fealdad del mundo”, ¿estás de acuerdo? ¿Es tu intención?

Esa es una de las paradojas del arte, por muy horrible que sea lo que estas contando hay una sublimación estética. Sí, solo es posible transmitir las ideas a través de una voluntad estética, a través de lo bello.

Y, ¿qué te parece lo más feo de todo?

Hay algo que me da náuseas, todos aquellos que piensan que mereces un poco de desprecio simplemente por escribir, o pintar o hacer teatro. Sólo se quedarían tranquilos viéndonos a todos en las cloacas.

Hablas de la soledad, te declaras antisocial y, sin embargo, ¿crees que todos necesitamos ser amados…?

Uno puedo tener fobia social y necesitar ser amado, el amor no es social. El sentimiento de soledad es sobre todo no sentirse amado.

Ahora mismo, ¿te sientes amada por la crítica y el público?

Busco el amor, sí, me gusta cuando se unen las sensibilidades y podemos amarnos, supongo que busco el amor del público para compensar otras carencias afectivas, eso mismo acrecienta también el vacío, se crea una paradoja extraña cuando te vas a tu casa. De la crítica no sé nada porque no las leo desde hace muchos años. La compañía sabe que no quiero saber nada de nada, nunca me lo cuentan. Me entero solamente de las críticas por las entrevistas.

Luis María Ansón te dedica encendidos elogios…

Tal vez le guste mi trabajo, pero no he leído nada de lo que ha escrito, solo leo algunos reportajes con gente que me da mucha confianza.

¿Qué opinión te merece el público teatral en España?

Disfruto mucho, siento una complicidad maravillosa, entienden mi sentido del humor.

Se te presenta como la voz de la vanguardia teatral, ¿no pesa mucho un título así?

No me considero vanguardista, siempre digo que hago cosas muy antiguas. Hablar del alma humana es algo antiguo. Tampoco sabría hacer las cosas de otro modo, no hay un propósito de hacer vanguardia así que no tengo que defender ningún título. El éxito no existe, solo existe el trabajo. Y el reconocimiento de ese trabajo simplemente te anima a trabajar todavía más.

Escribes, diriges, actúas… ¿hay alguna de estas actividades que te llene más o es un todo?

No soy una actriz, pero creo que me costaría mucho no estar en escena.

Si un día te dieran la oportunidad de dejarlo todo y cambiar radicalmente de vida, ¿qué harías? ¿En qué te convertirías?

Esa es una gran fantasía. A veces vivo esa contradicción, antes de salir a escena, o justo al terminar, pienso que me gustaría dejarlo todo. Sobre todo elegiría una vida en la que no dependiera de los demás. Algo que pudiera hacer completamente sola. Las relaciones humanas, por bien que funcionen, me agotan. Siempre estoy deseando quedarme sola.