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Y es que la traducción es otra de las facetas de Antonio Colinas, poeta y narrador, nacido en La Bañeza, León, en 1946.

Las traducciones de Leopardi (1798-1837) le supusieron a Colinas en 1999, el Premio Internacional Betocci por su labor de estudioso de la cultura italiana, y su interpretación al español de otro de los grandes, de Salvatore Quasimodo, le valió también el Premio Nacional de Traducción en Italia.

Así, publicado por Siruela, “Las pasiones”, con edición de Fabiana Cacciapuoti y epílogo y traducción de Colinas, supone una gran aportación en el pensamiento de Leopardi, un material que quedó “inconcluso, inacabado” y que formaría parte de los fragmentos del “Zibandone”, el cuaderno de cuatro mil páginas de anotaciones y pensamientos, escrito por el gran poeta romántico italiano, entre 1917 y 1832, según explica a Efe Colinas.

El poeta leonés quedó atrapado en Leopardi desde que vivió en Italia, en los años 70, cuando trabajó allí como profesor invitado en Milán y Bérgamo. “Con Lepardi nace la modernidad, como con otros románticos. Fue un poeta complejo en constante lucha entre el sentimiento y la razón. Tuvo una vida terrible marcada por la enfermedad y padeció el cambio de los tiempos, entre los siglos XVIII y XIX”, sostiene Colinas.

“Nació en el seno de una familia muy ortodoxa y asfixiante, contra la que tuvo que luchar por su pensamiento liberal -continúa-. Por eso, tuvo un gran encierro en su infancia, donde se sumergió en la biblioteca familiar, pero siempre le guió unas inmensas ganas de salir y viajar”.

“Lo hizo por primera vez a los 24 años -sigue explicando Colinas- y, aunque continuó viajando, siempre volvía a su pueblo, donde se mofaban de él, y a su familia, que no dejaba de presionarle”, precisa el autor de “Sepulcro en Tarquinia”.

Circunstancias, todas ellas, que quedan reflejadas en el pensamiento filosófico del escritor. En el libro “Las pasiones”, Leopardi deja patente su pasión por la vida y por el padecimiento de vivir.

“El hombre perfectamente moderno apenas siente nunca pasiones que le hagan mirar hacia fuera o que lo recluyan en su interior, sino que casi todas sus pasiones se mantienen, por así decirlo, en el centro de su ánimo; lo cual quiere decir que no le conmueven sino de una manera mediocre…”, escribe Leopardi.

Y es que las reflexiones de este romántico sobre la pasión conforman un asunto fascinante que hoy está igual o más vivo, si cabe. Dominar las pasiones, en su opinión, produce una especie de debilitamiento de los sentimientos. “La modernidad genera pasiones débiles que afectan a sujetos frágiles”, así resume su pensamiento, Fabiana de Caccuapuoti, la encargada de la edición.

Leopardi cree necesario “un cuerpo adecuado para vivir las pasiones, para saber amar, odiar, combatir con ira, matar, desesperarse y llorar. Son necesarias las pasiones para vivir y para saber aceptar la muerte, como parte integrante de la vida, sin miedo, simplemente como si se escuchase su propio deseo…”.

Un análisis muy intenso sobre la vida y una reflexión; a veces tierna, a veces cruel, y sobre algunos de los temas que más le interesaron: “El mal, el vacío, la frustración y la compasión, de alguien que vivió el amor de una forma explosiva”, concluye Colinas.

Leopardi en uno de sus últimos viajes se escapó a Nápoles, donde murió en 1845. “Muere en el mismo destino de Mozart”, recuerda Colinas. En el momento que fallece,hay peste en Nápoles y su cuerpo fue a parar a una fosa común, como el músico austríaco.

Por Carmen Sigüenza.