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Si no ha sido un concierto redondo, ha estado muy cerca. Para empezar, buenos ingredientes: una gran figura mundial de la dirección orquestal como Marriner, con décadas de historia a sus espaldas y al frente de una orquesta de intérpretes entusiastas, la de Cadaqués; un joven violinista con pasado de niño prodigio que se está metiendo en el bolsillo a la crítica internacional, Valeriy Sokolov y dos obras maestras de Beethoven.

La primera que ha sonado en el Palacio de Festivales – que casi ha llenado esta noche el aforo de su Sala Argenta y además ha conseguido atraer a público joven- ha sido el “Concierto para violín y orquesta en Re Mayor”, el único que compuso Beethoven para este instrumento.

Lo escribió para un joven virtuoso de la época, Franz Clement, que lo estrenó en 1806, con una edad similar a la que hoy tiene Sokolov, que, dicho sea de paso, logró el gran premio del Concurso Internacional George Enescu, en 2005, tocando esta pieza.

El violinista ucraniano, nacido en 1986 en la ciudad de Kharkov, donde, por cierto, ha creado un festival de música de cámara, ha impregnado de fuerza pero también de sutileza; de virtuosismo y también emoción la partitura de Beethoven.

El público ha recibido su lectura con largos aplausos y ha reclamado su vuelta al escenario cuatro veces, hasta que les ha regalado un bis que ha despertado tanto entusiasmo como su mano a mano con Marriner y la Orquesta de Cadaqués.

Ya en la segunda parte, el maestro británico y la formación de que la que es principal director invitado desde 1996 le han regalado una briosa interpretación de la séptima sinfonía, brillante sin renunciar a la profundidad, que ha sido acogida con una ovación.

La séptima, que fue estrenada hace 200 años por un Beethoven ya casi sordo en el podio, en un concierto especial (en honor de los soldados heridos en la guerra contra Napoleón), es una de las sinfonías más conocidas del compositor alemán, sobre todo su segundo movimiento, carne de bandas sonoras, que sonó dos veces en aquel estreno de 1813 y que cualquier aficionado guarda en la memoria.

Al fundador de la legendaria Academia de St Martin in the Fields le ha sobrado energía para cerrar el concierto con otro “gran éxito”, la obertura de “Las bodas de Fígaro” de Mozart.

Pero antes se ha escrito otra página en el capítulo de las emociones en una noche en la que no han faltado: el también violinista y director Jaime Martín, que este año se estrena como responsable del FIS, ha salido al escenario para entregarle un ramo de flores y darle un abrazo.

Un abrazo que a muchos espectadores les habrá recordado una escena similar, pero de hace ahora cinco años, cuando, en la misma sala, Martín debutó como director y Marriner le dio la alternativa, al frente, además, de la Orquesta de Cadaqués, de la que es titular.

También seguramente la vuelta a España le habrá traído buenos recuerdos a Sokolov, porque fue en este país donde el joven violinista, entonces un niño de 13 años, conquistó al jurado del Concurso Internacional Pablo Sarasate de Pamplona y vio abiertas las puertas de una de las escuelas de música más prestigiosas, la Yehudi Menuhim y con ellas de una carrera ancha y prometedora.

Y para redondear, Ataulfo Argenta en el recuerdo, el inolvidable director al que el FIS está rindiendo tributo en el centenario de su nacimiento con una edición volcada en la música sinfónica.

Lola Camús