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La partitura y los solistas, dirigidas por un Petrenko tan fiel a Wagner como todo el universo de Bayreuth, acapararon las ovaciones, con una Sieglinde -Anja Kampe- absolutamente triunfal, seguida del Siegmundo de Johan Botha y el Wotan de Wolfgang Koch.

Por momentos parecía que iba a fallar Catherine Foster, una Brünnhilde algo desencajada en el segundo acto, pero capaz en el tercero de una de esas remontadas que en el fútbol se califican de épicas y que convierten en grandeza el pecado inicial.

De la destartalada gasolinera con que arrancó el “Oro del Rin” de Castorf se pasó en la segunda pieza del “Anillo del Nibelungo” a una lúgubre torre de Baku, situable en cualquier punto de la órbita presoviética, entre la Revolución de Octubre y el stalinismo, sobre el que acaba dominando la estrella roja comunista.

La idea del director de la berlinesa Volksbühne, abucheado la noche anterior por degradar los mitos germánicos a matones y chicas de motel, fue recibida con más agrado, como si se aceptara esa sobriedad escénica que, al menos, no estorba.

Castorf, ausente sobre el escenario tanto la primera como la segunda noche, ha basado su concepto escénico en trastocar el oro por el petróleo y trasladar a ese escenario la lucha por el poder y su abuso, mientras degrada la cólera divina a bajeza humana.

Bayreuth sigue sin acabar de encajar ese concepto, del que mucho se sabe por lo que se ha leído en medios, pero poco se ha transmitido hasta ahora a la escena.

Pero Petrenko compensó ese déficit, con una capacidad de dilatar cada una de las notas de Wagner que alguno recordó a Daniel Barenboim, mientras sus solistas marcaban cada una de sus sílabas que el compositor dejó escritas para su ópera.

Un bálsamo para el equipo de la directora del festival y biznieta del genio, Katharina Wagner, cuyo mandato futuro al parecer está condicionado a la suerte de este “Anillo”.

Ni a Katharina ni a su hermana y codirectora, Eva Wagner-Pasquier, se las vio en la apertura del festival, algo contrario a la tradición, máximo en un año en que se conmemora el bicentenario del nacimiento de Wagner (22 de mayo de 1813).

Desde la dirección se minimizó esta ausencia, así que ni Castorf ni Aleksandar Denic, el artífice de la escenografía, salieron a saludar, tal vez para evitar que arreciara el temporal.

El dramaturgo declaraba hoy en una recepción estar preparado para nuevos abucheos con una obra que sabe provocadora, mientras desde el festival se insistía en que hasta la última pieza, “El ocaso de los dioses”, no es de rigurosamente implícita la necesidad de salir.

El estreno del “Anillo” en Bayreuth es el punto cumbre de este Año Wagner, por ser su viejo teatro el mismo lugar donde el genio estrenó su tetralogía, en 1876.

Cuatro años antes, había colocado la primera piedra, tras juntar el dinero suficiente -principalmente, de Luis II de Baviera- para levantar su teatro.

Del mecenazgo del Rey Loco, consentidor de todas las genialidades de Wagner, se ha pasado a la Sociedad de Amigos de Bayreuth, integrada por 5000 miembros -por amor a Wagner o por sentido comercial- a los que las hermanas Wagner deben rendir cuentas.

El dúo de biznietas asumió las riendas del festival en 2008 de manos de quien fue su patriarca y director durante medio siglo, su padre, Wolfgang Wagner.

Hasta ahora, las producciones estrenadas bajo la gestión de las herederas no han entusiasmado, de manera que el “Anillo” se considera una prueba de fuego no para Castorf, director general de la Volksbühne de Berlín desde hace 20 años, sino para las Wagner.

Gemma Casadevall